viernes, 19 de junio de 2009

¿Matrimonios?

El concepto mismo (Amundsen dice con toda razón que tiene un orígen impreciso ¡pues supone la aprobación de la maternidad...!) es tan antiguo como la misma civilización. La ley actual impone la realización del acto matrimonial para su validez social (la famosa firma de los papeles ante notario) pero la iglesia realiza el compromiso sin fuerza legal alguna (solo para los "fé" que algún día harán falta)... Sin embargo lo más curioso del caso es que la unión de la pareja puede darse sin comparecer ante la ley o ante la iglesia (aquí le dicen juntamiento, allá lo nombran apareamiento, convivencia familiar y muchos otros nombres) y lo más importante para ello es un sentimiento que nada tiene de divino ni de legal: el amor.

Con quererse mucho basta, decía Malebranche cosa que con el tiempo nadie le ha negado, pero también trae sus inconvenientes, como no hay requerimiento legal los ¿"conyuges"? pueden mantenerse de por vida en el limbo de la monogamia o no. Se conocen no pocos casos de unión que nunca pasaron ni por la iglesia ni por la notaría y al final cuando estaba cerca ya la hora del viaje al otro lado lo hicieron en los dos lugares por un recurso que hoy en día tiene una validez espectacular: la herencia. El acto mismo de la inscripción de los descendientes se ha establecido con o sin papeles de matrimonio de los padres y este ¿"derecho"? ha permitido que los bienes se hereden sin tantas complicaciones.

Pero al grano, porque estamos hablando de matri y no hemos aterrizado todavía... El asunto es que según las estadísticas (a veces salen otras no, como los resultados del último censo de hace una década o más que no se han dado a conocer públicamente todavía) son muchísimo más las parejas que se distancian o fracasan que las que se unen por una (o varias al mismo tiempo) de las vías analizadas anteriormente. ¿"Casarse"? (por el notario, por el cura o por la anuencia del otro) o más bien unirse en matrimonio (¿"matrimoniarse"?, ¿"juntarse"?, ¿"arrimarse"?, ¿"pegarse"? u otra denominación actual) ocurre menos que despegarse, separarse, divorciarse, atomizarse, fuerarse, irse, desvincularse, descargarse u otro modismo parecido.

La gente se conoce por la mañana, se junta por la tarde y se separa por la noche... Algo así como usar una chancleta de palo para ¿"bañarse"? o llevar a la pareja a comer helados que no son del gusto de una de las partes. La gente se conoce, conversa y se separa con la velocidad de la luz. Es increíble lo que nos está pasando. Lo digo por la experiencia vivida nada menos que en la zona más concurrida del apareamiento casual y consuetudinario: el muro del malecón. Viene el muchacho y le dice a la muchacha: "¿Qué, nos vamos a descargar?". Y la muchacha dice: "¡Jum!". Y se van, descargan, vuelven de nuevo por la noche y los muchachos les preguntan: "¿Y qué?"... Y dicen: "¡Ya!"... Lo que quiere decir que se unieron, vivieron un rato y ya se separaron. Así como así, más sencillo que hacer un merengue con dos claras de huevos en un plato hondo con un tenedor por batidora. ¿Y la familia, qué?... ¿Y qué del noviazgo, de aquella madurez de mermelada que había hace nada menos que cien, cincuenta, veinte, diez años?... Pues nada, la gente no recuerda, no le interesa recordar y se ha olvidado. Se nos ha perdido la memoria como sucede hoy cuando se nos daña la flash o el mismísimo disco duro del ordenador.

En mi opinión esto se debe a un factor importantísimo de la vida social que nos ha invadido hace nada menos que los últimos veinte años: la desmotivación. Hace un tiempo lanzar una bola de papel usado al epicentro de la calle era un pecado capital. Hoy la gente tira las latas, botellas, basura, sacos de desechos, mierda envuelta, tarecos al plan como si fueran pelotas de fútbol dentro de la portería y que las recoja otro, no el goleador. Hoy se ha perdido no sólo la decencia, sino la incumbencia, la obsolescencia, la ciencia, la potencia y la verecumbencia: Viene el tipo bebiendo cerveza de latica, termina con el último sorbo y tira la lata allí mismo donde más ruido hace, encima del adoquín. Y con los desechos tirados también nos estamos acostumbrando a tirar la existencia de la pareja que tenemos y agarrar otra, la que viene a nuestro encuentro tirada al mismo tiempo por aquella pareja que se entrega en los brazos de la que viene o va o se desliza que no es lo mismo pero es igual como dice la tirada canción del cantautor que la inventó...

Nos está durando poco el calorcito de la pareja, incluso in situ etcétera asimismo insumos out put y ya se ha perdido la cuenta de los años felices en dúo (¿quién se acuerda de las bodas de plata, de oro, de cromo, hierro, niquel o cobalto el archiconocido crofénico?) y es más, ¿qué es la pareja sino aquello que decía Ferdinando de Céspedes "la célula o embrión más importante del engranaje social"? Ferdinando, mi hermano, la familia hoy en día es como el arito reburbujeante de la felicidad: un relámpago fulgurante que en un nanosegundo nos acompaña... De ahí que ya no se hable mucho del matrimonio sino de la nanología, cada día que pasa los aparatos que nos rodean tienden a reducirse incluyendo las flashes, los celulares, los carros y también por qué no los penes, los peces, los pianos, las putas, las uniones sempiternas ultravioletas infinitas eternas externas internas y el nanomisterio del amor se ha escondido debajo de una montaña de desechos sólidos a la que se le pasa por el lado y ni se le mira estando sin embargo allí donde más fuerte y desastroso es su pestilente olor y donde el revoloteo de las moscas o el zumbido de los demás insectos han perdido la orientación de toda brújula verídica: la necesidad de besarse y aguantar al otro hasta que la muerte los separe.

Sin embargo estas dificultades y preocupaciones son propias de los viejos según dicen algunos, los más jóvenes ni saben qué día es hoy y en el fondo (Einstein decía que no había tal cosa...) un matrimonio formal sin amor aguantado por más de medio siglo es peor que uno que dure un día con todo el amor del mundo, un amor aventurero y pasional encendido como llama eterna libre de complejo y tabú, desnudo como Dios lo trajo al mundo entre sexos diferentes o iguales sin diferencias de color de piel ni de edad así salvaje y trashumante loco de miradas y de besos, de flores y de versos llenos de la champaña de la orgía, de gritos desesperados porque dure para siempre aunque no lo pueda hacer que nos estremezca la columna vertebral y todos los poros de la piel y que se quede en el infinito paralelogramo de fuerzas del recuerdo para que renazca un día cuando miremos unos ojos parecidos o nos pase por el lado aquel perfume que jamás podremos olvidar... ¿Y el matrimonio?... Que se vaya al carajo... digo yo.