martes, 15 de julio de 2008

Las colas de la UTEHA

Tengo un amigo que ya está viejito y a cada rato llevo al hospital, al banco, a pasear un rato por ahí y que era el gerente general de la Editorial "González Porto", una firma de libros que funcionaba en la calle Obispo en la Habana Vieja y que respondía a la UTEHA (Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana), nombrecito que Carlos Ruiz de la Tejera utiliza mucho en sus trabalenguas actuantes en público.

Don Fermín es un diccionario ambulante todavía y cualquier cosa que uno le pregunte ahí lo tienen explicando siempre con lujo de detalles. Pero el asunto es que cuando hay que hacer la gestión de que se trate la gente se arremolina una detrás de la otra para cualquier cosa en las ya tradicionales colas que se hacen y Fermín deja su papel a otros que se convierten no ya en un diccionario sino en toda una biblioteca viva. La erudición de estas colas no tiene precio, son colas parlantes, escuelas de oratoria comunitaria, de teatro espontáneo vivo a lo griego antiguo. Y el lenguaje depurado que allí se escucha se parece mucho al mosaico de colores y mezclas de que estamos formados los cubanos.

En una cola de quién es el último (yo, que voy detrás del que tiene la gorra verde que está rotando y va detrás de la muchacha del "espeldrúm" que va detrás de un mulato que fue a comprar plátanos al puesto que va detrás de un jubilado que está sentado con bastón allí y que va detrás de...) se puede llegar a la conclusión de que es un espectáculo de cultura comunitaria sólida, horizontal y vertical, erudita, idiomática, costumbrista, científica y rara, probablemente única en el mundo.

En una cola te puedes enterar de la última noticia publicada en la prensa del día, de lo que están distribuyendo por la libreta de abastecimientos en la bodega de la esquina, de las bondades de las habichuelas, de lo que recomiendan los médicos para una dieta sana, de si está abierto el local del médico de la familia, de si funciona la notaría del barrio, de la frecuencia de una guagua, de quién alquila el carro, de si hay pintura blanca en la shopping, de a cómo está el cambio de usd por cuc, o de euro por cuc o de cuc por pc, de quién se divorció y quién se casó, de si están pagando o no a los jubilados, de si van a cambiar la libreta o no, de a quién nombraron como nuevo ministro, de a quién sacaron de tal cargo, de en qué consiste el diagnóstico de cáncer en el colon, de cuál es el último autor de la última novela policíaca...

El asunto es que la cola está formada por especialidades, el abanico de profesiones es el mismo que el de la plantilla laboral nacional: artesanos por cuenta propia, profesionales, obreros, campesinos, estudiantes, inmigrantes y emigrantes, hombres y mujeres, viejos y niños, militares de profesión y amas de casa, la diversidad de colores de piel y de habitantes de municipios, provincias y poblados, esa gama que se organiza cuando la persona que oferta el servicio dice: "A ver, señores organícense que voy a dar los turnos". Y como tal serpiente viva humana allí la gente habla y pregunta, se comunica y "descarga", se lamenta y enamora, sufre y goza, respira y se ahoga, transpira y se ventila, conversa de lo que sabe y oye lo que le interesa. Menos los curas y las monjas en una cola hay de todo: vendedores ambulantes locuaces y gente seria muda y mujeres con el niño en los brazos que dan la impresión de que nacieron allí.

Ese invento genuino que se nos hace insoportable en ocasiones sirve solo para una cosa importante: resolver o no una gestión y de paso ganar gratuitamente la información que no consigues en ningún otro lugar. Si pasas por la cola y no preguntas no te vas a enterar de qué sucede. Probablemente estén sacando "mosquiteros para cunas" y alguna abuelita medio sorda entienda "Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas" o si es en un palacio de matrimonios y se casan de uniforme y aplaudiendo y la gente pide a gritos que se besen, la misma viejita diga a su vez "Patria o Muerte" creyendo que se trata de un acto político-cultural.

Esas concentraciones humanas frente a un local cualquiera (una oficina, una bodega, un consultorio, un cementerio...) ya son tradicionales. Causan el malestar mental de la lástima acumulada o de la distribución de algo que no alcanza entre todos o del servicio deficiente y duran, se mueven con la lentitud de los procesos. Cuando alguien va a algún lugar y se lo encuentra vacío y la muchacha le pregunta: "¿Y Ud. qué desea?" y Ud. le confiesa que lo que quiere es comprar palitroques y ella va adentro y le trae su paquete, sin cola, sin nadie delante o detrás, Ud. sale con sus pali en la mano, en su jabita y ese día es la persona más feliz del mundo... ¡Mira qué cosa!

Molestia y alegría porque cuando alguien hace una cola aquí entra con una necesidad a ella y subido en esa misma carencia se va con una jaba rellena de cultura, como si hubiera leído un grande y voluminoso libro de aquellos que vendían en Obispo y que provenían de la UTEHA, entra y sale que deja un balance trágico: la persona no sabe ciencia cierta si en la cola se ha graduado de algo o le asalta la duda de que ha dejado allí un granito de su experiencia acumulada.

Puedo dar fe de que las colas fuera de aquí son mudas, la gente mira y calla, hace su gestión y se retira, pero estas del patio son un verdadero gallinero guajiro, las colas del aboroto que lo único que exigen es que se respete el turno. Pero si la mudez se posa en la cola siempre hay alguien que dice a toda voz: "¡¡Digan algo caballeros, coño, que esta cola muda no hay quien se la espante!!"

1 comentario:

glazam dijo...

Muy buena la descripción de las colas. Ciertamente son únicas. Hace años hice una buena amistad en la cola de la leche que vendían por la libre. Había que marcar muy temprano porque solo dejaban unos pocos litros para venta liberada. También los gritos a los vecinos avisando que algo llegaba a la bodega y que ya le había marcado en la cola.
Un saludo y mi respeto.