viernes, 4 de julio de 2008

Penélope

Estábamos hablando del esposo hace unos minutos, el que se fue y volvió de sus viajes por el mundo a reconquistar tres cosas: Su mujer, su trono y su ínsula, esa misma porción de uno mismo que no se le separa nunca y que tiene una esencia sin peso y sin espacio, una idea vagando en la cabeza de cualquiera que no significa otra que irse o regresar.

Ahora vamos a hablar de la esposa, la amada fiel, la trasquiladora, esa obrera amorosa tejedora hilandera, ansiosa de placer y de marido, única y diversa, madre ejemplar, solitaria en el andén con sus zapatos de charol, aquella mirada vaga buscando en el horizonte la cabellera del león marino que después de diez largos y azarosos años, vencedor de una guerra, inventor de un caballo gigante de madera, héroe supremo, aquel que podía tensar el arco divino, desafiar a los Dioses mismos, lleno de virtud ante la invitación del pecado, que blandía su daga y su maza, su espada y su tridente le traería al regreso solo una cosa de regalo: el beso de bienvenida y las flores para su cabello.

El nostálgico Ulises, el semidiós al que habría que convencer sin hacerle el amor sino arrullándolo como a un pequeño del significado de la nostalgia, reconociéndolo tras su barba copiosa, oliéndole el cuerpo salitroso, las manos de callos y heridas, su dentadura de viajero, aquel torrente de voz que sirviera para detener al Cíclope, ahuyentar a las sirenas, permanecer incólumne ante el pecado de Calipso, el marinero y conquistador, el cabalgante vencedor, el epónimo rey de Itaca, el isleño que soñaba despierto encima de su hamaca de oro y contaba las filas infinitas de estrellas en horas de siesta, aquel que le dijo el día sagrado: "Penélope, amor mío, ¿vámonos hasta Nueva Paz a comer camarones?". Y ella le dijo a cambio: "Sí, caballero de Pogolotti, contigo pan y cebolla". Y se dejó arrastrar por entre el zarzal de aromas florecidas, el marabusal relleno de calabazas maduras hasta el río portentoso de Itaca cuyas aguas bautizaban el Mar Egeo, el Prometeo, el Imeneo, el Ptolomeo, el Orimeo, el Pataleo y allí mismo hicieron el amor encima de una laja caliente y burbujeante mientras todas las ánimas del bosque cercano participaban del festín y un león salvaje dijo ante Zeus: "Lo están haciendo de verdad desnudos y sin dinero".

Penélope es de esos casos insólitos, de las que se quedó guardando el honor en una vasija de cristal mientras sufría el asedio de amigos y enemigos y el otro estaba ausente, un asedio de tirios y troyanos, de árabes musulmanes y blancos rubios franco italianos, ella púdica incapaz de saltar de alegría como la Reina Sofía ante el gol salvador de "El Niño Fernando" contra los teutones, euforia secreta como la de las monjas inmutables de los conventos, la antijinetera, la pulcra y virtuosa laborante Penélope, embarazada de aquel único hijo que era la copia exacta de su padre, menos la cabellera que heredó en ADN magistral de sus abuelos turcos, negreros del áfrica y chinos de ultratumba, la gran reina madame señora zarina santa Pene, Penelopita, que sirviera de inspiración a su heróico esposo cuando en sus momentos de lucidez entre combate y combate cantaba aquello que decía más o menos así: "Yo no quiero jamón, yo quiero gasolinaaaa, gasolinaaa, en tiempo y espacio de reguettón".

Ella allí sola, triste, amamantando a Telémaco, tejiendo y destejiendo, ensartando y mirando el horizonte, sin dormir, sin comer, sin ir al baño, la reina Pene más macho que su marido, aguantando como una leona con ganas de salir encuera por la primera puerta en invierno y decir a toda voz: "¡Vengan señores que tengo la crica caliente!". Pero no, ella era una lápida, un esqueleto momificado faraónicamente embalsamado y protegido porque sabía (ya se había leído la historia) que él volvería, regresaría ancianito viejito y pellejudito pero vendría al lar, para comerse una pierna suculenta de cordero de loma aderezado con especias exóticas, tajada a tajada como aguacates santa catalina de estación o rebanadas de plátanos maduros fritos y congrí mantecoso.

Y sin embargo, cuando el marido volvió nadie se acordaba de él, ni ella misma, él entró por la cocina con un hambre grandísima, oliendo a pescao frito y no trajo ni un perfumito mierdero de regalo, vino preguntando dónde se podía hacer una prótesis barata porque allá por Troya eso costaba mucho, ni le preguntó cuántos culeros desechables tuvo que resolver para que el muchacho no se meara encima del colchón del cuarto, ni le dijo un carajo de por qué no le escribió ni una sola ni jodida nota en un papel de envolver, ni le mandó ni un dinerito para ir tirando mientras ella tejía el vellocino y le pasó por el lado con un nerviosismo de viajante de colchones y le dijo a un tipo que estaba en la puerta: "Coño asere, búscame un botero que tengo que ir a Las Tunas mañana mismo a visitar a la vieja". Y a ella nada, no le dio ni uno de sus pellizcos en las nalgas, ni le quitó el bajichupa que llevaba puesto, ni la invitó a la catarata a bañarse con ella desnuda, ni le tocó el arpa, ni la espalda, ni las tetas y ella le dijo cuando él preguntó dónde se podían comprar cuatro laguers Bucanero: "Mira cojones sigue por ahí pallá y no regreses más nunca que yo me voy a echar ahora un negro de marido".

Y le dió por empezar a romper botijas, a darle candela a todo aquel carretel kilométrico de hilo, a botar la aguja de tejer, se quitó la ropa que llevaba puesta y se fue a bañar sin ropas a Jibacoa diciéndole a todo el que preguntaba si Ulises había regresado: "¿A ese lo llevo entre las piernas, ustedes no ven lo larga que tiene la melena?". Y así chirrín chirrán se acabó este combate, se hundió en el fango la nostalgia, se jodió el juego de damas, se acabó The End, Koniec, Fin de la historia. Y Penélope se quedó sin desodorante ni perfume pero bella y libre, con su negro a cuestas, ella rubia sin pudor y él asere sonriente y altivo, allí con aquella verga negra bailando guaguancó en la playa amarilla a pleno sol, en la arena caracoleada, mañana, tarde y noche, momento en que solo se le veía la dentadura blanca reluciente y se le oía aquella risa victoriosa de haberse llevado al agua una sirena blanca pudorosa pero caliente, de esas que sirven para salir de fiesta y parir jabaos como aquellos que nacen del cruce de negro con rusa... así mismo fue. ¡Yes... Da... Ya... Sí... Ouí!