martes, 5 de mayo de 2009

El polvo al ciento por ciento

Desde que apareció la pandemia de la fiebre porcina en su variante moderna y globalizada que se trasmitía de humano a humano, la gente no paraba de ir y venir nerviosa de un barrio a otro de la ciudad. Estaban aturdidos buscando comestibles en los mercados agropecuarios pero no había nada que comprar porque los vendedores no recibían suministros del campo y cuando los tenían encima de las tarimas no querían venderlos porque sospechaban que estaban contaminados.

Lo mismo ocurría en las bodegas subsidiadas por el gobierno que distribuían alimentos enlatados o ensobrados o manipulaban y pesaban los que no lo estaban y aunque los administradores orientaban entregarlos en fecha y hora los consumidores recelaban de que estuvieran también infectados porque provenían de almacenes donde estaban guardados hacía mucho tiempo o de las reservas acumuladas para tiempos de guerra y se decía que podían contener los virus malignos, los troyanos rellenos de influenzas contaminantes mortales.

También el miedo se había apoderado de las personas en las tiendas recuperadoras de divisas en las que no existían alimentos al menudeo pero sí productos provenientes del mercado exterior que podrían estar cargados con el contagio probablemente adherido a las superficies de los contenedores o envolturas y pudieran de esa manera haber cruzado las zonas prohibidas en los establecimientos aduanales escondiéndose del chequeo exhaustivo de las inspecciones sanitarias rigurosas en las fronteras de puertos, aeropuertos, muelles secundarios o embalajes personales de viajeros que no hubieran sido chequeados en los registros de aviones o buques que arribaban.

Sin embargo, el peligro no estaba realmente en los virus sino en el polvo, una nube de polvo blanco, rojo o negro según el caso que se iba acumulando en las casas y en las calles, en los árboles y el transporte, en las cercas y techos, en las paredes y en las fosas nasales de todos los habitantes y que se trasladaba a velocidades increíbles haciendo remolinos en todas las direcciones formando cúmulos y montañas de arenisca que impedía la visión a toda hora del día y de la noche y se desplegaba violentamente por las sabanas, el mar, los montes y los ríos.

Se habían distribuido tapabocas verdes y blancos para la población mientras los inspectores llevaban unos de color naranja y el personal médico y paramédico portaba colores azules como ojos originales de alemanes rubios, y también la población salía a las calles con unos espejuelos para el sol de todos los colores y figuras mientras llevaba amarrado en la cabeza unos pañuelos tipo bucaneros en campaña que los hacían parecer marineros a la deriva preparados para el ataque de buques en alta mar o contrabando de mercancías en tierra firme, y aquellas multitudes ataviadas de manera extravagante daban la impresión de ejércitos de mamelucos o beduinos que se dirigían en caravanas a diversos lugares y se habían apoderado del país sin disparar un tiro.

Asimismo se habían suspendido las actividades productivas, educacionales, culturales y sociales que implicaran masividad para evitar la propagación de la enfermedad a grandes masas humanas a través de agentes desencadenantes como estornudos o tos continuada que pudieran generar reacciones explosivas en cadena y cuando alguien regresaba a casa por gestionar algo en la calle necesario para la sobrevivencia y se quitaba el pañuelo con que se cubría la cabeza los espejuelos oscuros y el tapabocas, el rostro empolvado tomaba la figura de un payaso de circo sin nariz ni pintura maquillado perfectamente para salir a escena y animar cumpleaños, espectáculos o diversiones de familia.

No obstante la gente seguía asistiendo a los partidos de pelota y fútbol por ese orden con sus tapabocas puestos, sus pañuelos en la cabeza y sus espejuelos oscuros pero era tal la ventolera polvorienta en esos estadios que los jugadores cuando hacían alguna agarrada de pelota se enredaban dentro de una nube de polvo en la que no veían las esféricas y los árbitros no podían "cantar la jugada" porque no veían ni al deportista ni la situación. Y sin embargo los partidarios de uno u otro equipo hacían las olas en las graderías puesto que tales situaciones se presentaban a cada bando por igual. Con esas griterías también se polarizaban no sólo las apuestas sino también las opiniones. Unos se afiliaban a la polvareda considerándola beneficiosa a la hora de los dividendos y otros negativa si hablamos de salud. Los científicos argumentaron entonces que también la vida habría provenido tal vez de una nube polvorienta arrastrada por un cometa casual y cercano al planeta y por ello si de ese polvo cósmico proveníamos debíamos sentirnos deudores y felices de tenerlo con nosotros y en cantidades gigantescas. Decían, como la canción, que del polvo hemos tenido y hasta el polvo iremos a parar. No obstante, empero, sin embargo, etcétera e incluso, lo peor de todo era la respiración debajo de los pañuelos y esas motas de polvo en la cara que singularmente igualaban a todos los transeúntes borrando con ello las diferencias sociales, de género y de color de piel.

Desde el exterior los emigrantes enviaban medicamentos de todo tipo para combatir las enfermedades y fortalecer el organismo en el combate antiviral pero no se habían dado cuenta que contra el polvo lo único que puede hacerse es lo que han hecho los pueblos árabes sometidos en los desiertos a los ciclones de arena y tierra levantada en tempestades de cuaresma: taparse todo el cuerpo con escafandras de tela. Pero ese recurso no existía ya que la gente poseía pantalones cortos llamados "short" o pitusas ajustados tipo "jeans" donados por visitantes extranjeros y cuando se cubría las carnes con ese tipo de ropa o el polvo le rellenaba el cuerpo de la rodilla hasta los tobillos o se le metía en los bolsillos en cantidades industriales y al despojarse del atuendo tenían que acumular las cantidades acopiadas en jabas de bodegas o cajas de cartón y salir a las calles a depositar aquella arena fina en los tanques de basura o en las montañas de desechos sólidos de las esquinas. Y los inspectores multaban por las noches a los que se atrevían a desafiar por el día las disposiciones oficiales al respecto.

Tampoco estaba permitido el riego porque era inútil hacerlo ante montañas de polvo regado por doquier y en medio de aquellas sequías había mermado la capacidad hidrográfica del país, se había deprimido el manto freático y si se autorizaba algún regadío con tanta polvareda ambiental el agua formaba un emplaste bueno para dar fino a una pared de cemento pero nunca para pretender que de esa mezcla naciera en los patios alguna mata de ají, cebollinos, plátanos fruta o guayabas, para poner algún ejemplo. Y la hierba estaba escondida debajo del polvo de tal manera que sólo sobresalía del suelo la punta de las pequeñas maticas sin flores lo que hacía pensar que el país se deforestaba y la aridez de los suelos había convertido en desierto lo que antes era edén y lo más grave de todo es que se había formado una conciencia polvorosa estancada que no permitía dilucidar el rumbo social hacia delante y más bien dejaba en las mentes una verdad drástica y peligrosa: nada tendría ni en el presente ni en el futuro alguna solución.

Así las cosas había que encerrarse bien para consumir algún alimento pues los vientos polvorientos insoportables penetraban las casas, se colaban por las hendijas de las puertas y ventanas e impedían ver bien lo que la gente se llevaba a la boca. En las apotecas escaseaban los suministros, la gente bachillereaba constantemente, parecían caprípedes embadurnados y mugrientos, se habían decolorado increíblemente como si los hubieran escaldado o tragado fosgeno o convertido en gerbos, humus blanco o en muchos casos iperita. La población parecía vivir en el jurásico convertida en karakul salvaje o ligur empolvado que es lo mismo o más bien roca marga, y con tal desequilibrio padecía de neuropatías y caminaba como ofiuco. Se habían deteriorado los pejugales y nada había para rellenar las quiliguas por lo que en tiempos de escasez se dedicaba a forrajear para traer los suministros y las montañas de desechos semejaban un enorme raque sequizo y térreo al mismo tiempo que la gente parecía un urú, un vencejo hecho de wad o xilotita mezclado con yaba seca.

Para combatir la nueva pandemia viral se orientó por todos los medios cómo comportarse y las autoridades tomaron las medidas convenientes a los niveles correspondientes mientras los funcionarios del consejo de defensa civil se empeñaban en cursar directrices capaces de detenerla con disciplina y acabar con ella, pero la del polvo al ciento por ciento no se le pronosticaba cura, remedio o medicamento. Hasta que aparecieron los vestidos de negro con sombrero alón y corbata de lazo cantando salmos y formando una bulla con redoblantes mientras gritaban que estaban recolectando dinero para un viaje a la luna. Parecían los tipos de la Emulsión de Scott ("el hombre con el bacalao a cuesta") o de Avena Quáquer vestidos de negro con aquellos libracos bajo el brazo parecidos a los manuales filosóficos de Konstantinov. Solo una cosa se necesitaba según vociferaban para ser salvado de la desaparición desértica: tener fe, esperanza y caridad. Esas virtudes raras que nos permiten no sólo creer en las verdades aún sin comprenderlas sino también poseer la seguridad testimonial que hace despejar dentro del torbellino polvoriento, el espacio para ver el espejismo real y encontrar el oasis, dar inclusive lo que no tenemos en bien del otro y creer en el futuro sin quitar la vista de un horizonte que nadie ha tocado todavía con las manos, parece que se convierten según decían los predicadores en una coraza protectora no sólo contra el polvo sino también contra el ataque despiadado del egoísmo personal y la neuroapatía.

Pero el remedio había que probarlo en la praxis que como se sabe es el criterio de la verdad según Gramsci y sus enamorados seguidores ya que la gente dudaba de aquellos narradores orales por una sencilla razón: decían que la luna no se caía porque estaba atada al firmamento por la fuerza descomunal de la voluntad. Sin embargo algo de los sermones quedaba siempre flotando en el ambiente y una prueba contundente relucía como estrella con luz propia: los hombrecitos mantenían sus zapatos lustrosos y ni gota de polvo en los trajes de astracán negro que llevaban puestos en medio de aquellos calores de desierto. O el remedio existía o había que creer en eso o ambas cosas a la vez.

Se necesitaba una buena fe como la que ellos profesaban para que viniera de vacaciones, nos ayudara a desterrar el polvo y nos trajera además el regalo que más apreciamos: la descendencia. Cuando se tiene esa buena fe y no la mala, se salva la gente de cualquier pandemia o invasión polvorienta. Una fe viviente lista para ser tocada y besada, dispuesta a montar caballos y con el mismo entusiasmo ir al acuario a nadar con los delfines amaestrados, empinar papalotes y cazar cangrejos en la orilla de los arrecifes respirando profundamente el olor a mar y a peces, que esté recién documentada con un pasaporte nuevo libre de polvo y que haga constar que en los poros de la piel lisitos rosaditos y olorosos a limpio el soporte viajante humano pequeñito muestre acuñada la vacuna que cubre lo que nos falta y deje como saldo positivo la claridad del agua limpia sin una mácula de nada, ni tierrita ni polvo, lo que se dice nada, digo yo. Pero había que esperar a que llegara la fe y la gente murmuraba que hasta eso se estaba perdiendo en los últimos tiempos.

De la caridad nos encargaríamos nosotros aquí mientras llegaba la visitante, porque sabemos de qué se trata ya que la hemos recibido en carne propia y también de la esperanza eterna cósmica ya la hemos conocido que es verde como los racimos de plátanos de fruta que es lo primero que se pierde después que vienen los ciclones. Y pensábamos mientras tanto que aunque se caiga la luna mañana mismo mantener la voluntad de seguir haciendo algo parece que nos ayudaría a sostener el alma y el espíritu en vilo y aunque nos entierre el polvo que se va acumulando a nuestro alrededor sería mejor así porque nos haríamos la idea que estamos jugando a la orilla del mar con los hombrecitos y mujercitas de la familia en el exterior mientras nos echan paletadas de fina arena mojada alrededor del cuerpo dejando fuera la cabeza y nos cubren la cara ardiente con esos besitos que tanto necesitamos para crecer, dormir y soñar.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Se extrañan esos nietos....
saludos desde texas

SRTA TEMPLARIA dijo...

Me encantó este blog.. lo seguiré a través de mis link

Saludos
PAU

Inés De Cuevas dijo...

La felicito. Me parece muy interesante. Me encanta el contenido. Ya me anexé como seguidora. lo enlazo a mi blog ahora mismo.

Le dejo la dirección de los míos aquí: http://viveroliterario.blogspot.com
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y la de la Asociación de Escritores:
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Un buen abrazo

Inés de Cuevas.

Hilda Clerge dijo...

Ay si como se extrañan los k debian jugar con uno en la arenita, y hasta el polvo...Papa de Aguaya usted siempre tan sabio

Aguaya dijo...

Gracias a todos! Ya le paso al viejo los comentarios...
Inés, ya agregué tu blog también!
Saludos para todos,
AB