jueves, 12 de junio de 2008

Cementerios

Es curioso que para vivir siempre haya más sitios donde puede hacerse, mientras que el campo santo, la cripta, el osario, el columbario, la catacumba o Necrópolis alberga como sitio para muertos mucho menos lugar. Aquí en Ciudad de La Habana hay uno famoso no solo para los que se han ido sin regreso hoy mismo sino para los que se fueron hace mucho y que se sabe lo hicieron por estar no solo enterrados allí sino escondidos en los libros de aquella oficina que son los que dicen si fue cierto o no el enterramiento o la exhumación.

Sea cual fuere la gestión, cuando se produce el deceso y la ceremonia correspondiente, el sentido común popular tiene una expresión de despedida que no deja dudas: "Se fue a Colón". Aunque lo vayan a enterrar en Guanabacoa o en el cementerio de La Lisa.

Consuelito Vidal, la famosa actriz de la radio, el cine y la televisión cubana antes de morir pidió publicamente algo simpático y ocurrente como era su carácter y estilo: "Como voy a ser la única que vaya acostada quisiera que los que me transporten fueran a pie" no solo para que hicieran ejercicios pienso yo sino para que se dieran cuenta de que los vivos son radicalmente diferentes a los que yacen muertos. Y su público le hizo el favor de cumplirle el deseo. La velaron en Calzada y K (la más famosa funeraria de la ciudad) y la llevaron a pie hasta la Necrópolis de Colón como ella quiso.

Otros, sin embargo, lo que quieren es que los cremen en un lugar especial que han destinado para ello nada menos que en Guanabacoa, en medio de los dos cementerios que existen allí. Los comentarios no se han dejado de hacer: "Si te creman o te entierran no tienes escape". Pero el asunto es que la urna con los restos la mayoría de las veces no se deja dentro del cementerio sino que los familiares se quedan con ella. En los actos de última voluntad mucha gente ha dejado expreso que desea terminar esparcido en algún lugar menos en el patio de la casa donde vivió y escogen el mar, algún acantilado, incluso una ceiba en la Finca La Vigía en San Francisco de Paula, propiedad de Hemingway, como un tributo a tan ilustre lugar o simplemente que lo soplen en algún potrero para que sirva como abono de pangola para reses en ceba.

Por esa y muchas otras razones más se ha ido desmistificando el lugar de reposo de los muertos en el país y se han tejido cadenas de bromas y chistes que desatan la hilaridad, por aquello que escribió Villena en una ocasión: "La muerte es algo que diariamente pasa y un muerto inspira siempre cierta curiosidad". De esta manera se ha dicho que si los que están fuera no quieren reposar dentro y los que allí se encuentran no pueden salir a vivir fuera entonces nadie se explica por qué los cementerios están rodeados de cercas. O este otro que se atribuye a una convocatoria para una actividad sindical de fin de semana y que apareció en una tela colgada en sus muros exteriores: "De este centro todos iremos el domingo al trabajo voluntario".

La gente pasa por Zapata y 12 a pie o en bicicleta, en transporte público o privado sin tener en cuenta que unos pasos más adentro yacen los muertos y trabajan los vivos, esos mismos que no te conocen cuando te dicen el último adiós. Y los que trabajan dentro (choferes, ujieres, enterradores, custodios, barredores, encofradores, carpiteros, plomeros, albañiles y oficinistas) meriendan o almuerzan, toman café o agua, hacen chistes o se ríen, espantan perros o los cuidan, y hasta duermen o viven allí.

De lo que sí no tenemos dudas es de que todo el que permanece debajo o encima de la tierra en ese lugar está mucho más tiempo en menos espacio del que ocupaba en vida. Visitado o solitario, acompañado o solo, los que se fueron se quedaron. Ante el problema que implica la búsqueda y encuentro de flores apropiadas para la cantidad de decesos que ocurren no es raro advertir que las flores que se llevan para algún muerto en cuestión se trasladan en ocasiones a la tumba cercana de otro, con tanta prisa como rápido fue la retirada de los familiares de la ceremonia. Y nadie se da cuenta del asunto hasta que no se produce la primera visita. No pocas veces algún familiar recuerda al muerto en la tumba de al lado.

El algún pueblo del interior cuando pasa un transporte lentamente la gente cree que alguien se murió y lo sigue a pie. Pero cuando uno entra al pueblo imprimiendo cierta velocidad al vehículo tiene que tener cuidado o termina en una zanja de desagüe y si se muere por el accidente la gente lo entierra también a pie, según la costumbre. De ese mismo pueblo es la curiosa pregunta: "¿Dónde entierran a los muertos de cabeza?". Como la gente no sabe, se le responde: "En Mata, porque en Cabeza no hay cementerio".

En "Colón" ocurre también otro suceso original: la entrada de turistas en ómnibus para la visita del lugar que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. No es raro ver junto al enterramiento de alguien a una guía explicando los detalles de la ceremonia o en un cambio de flores cualquiera oír el relato de quién famoso está enterrado en aquel recinto, como es el caso de extranjeros notables (André Voisin por ejemplo, un sabio francés) o antiguos políticos, jefes militares o decesos famosos que han tomado renombre especial, como es el caso de aquella tumba que dicen pertenece a una jugadora de dominó muy conocida que encontró la muerte en uno de estos juegos y que tiene una ficha gigante dentro de la cual descansa para siempre la dueña. O la llamada "Milagrosa" (probablemente la que más flores tiene alrededor) que fue según se dice enterrada con su hijo y cuando exhumaron el cadáver el niño estaba en los brazos de la madre y a la cual se le atribuyen poderes para arreglo no solo de enfermedades sino también de conflictos personales.

Por muchas razones no se puede hablar de la ciudad en que vivimos sin mencionar alguna vez sus cementerios. Lugares célebres o no, todo el mundo sabe dónde quedan pero nadie quiere que lo dejen definitivamente allí. Es el lugar más silencioso y humilde del mundo, menos los días de las madres. Es tal la afluencia de personas que la policía ha tenido que tomar medidas serias con el tránsito como en esta última ocasión en que las calles se cerraron en el periplo comprendido desde 26 y Zapata hasta Paseo y desde 23 hasta 14, incluyendo las interiores. Aquel recinto estaba atestado de público, como si se hubiera muerto la mitad de su población y era tal la gritería conversadora que parecía más bien una concentración frente a la Plaza de los desfiles.

Los cementerios son lugares tristes, sobre todo para los que como nosotros no nos aferramos a la idea de que aquellas personas que hemos querido estén donde están y no sigan donde quisiéramos que estuvieran, pero la vida sigue su agitado curso, el sol nos alumbra a la vez que nos quema como decía el Apóstol y no hay más remedio que pasarle a las tumbas con ese grado de nostalgia y cariño que nos hace ser aquellos amantes sempiternos que no nos olvidamos de los demás. Mirabeau decía que el amor no es un sentimiento sino una habilidad genialmente cariñosa, pero esas son ideas raras que no nos convencen mucho...

Sin embargo la gente sigue enamorándose en cualquier lugar, en calles o en casas, en cines o en parques, en fiestas o mortuorios. Porque para iniciar este paso importante de la vida, la pareja debe empezar por conocerse y la casualidad no espera, esa mirada que fulmina y le inyecta sangre al cuerpo y al alma se tropieza con uno en el más sencillo lugar de este planeta, cementerios incluidos.

Sencillo para otros pero importante para el dúo que decide lo único que se pregunta o se dice en la ceremonia nupcial: hasta que la muerte los separe. Y la declaración de amor en los recintos del campo santo será tétrica pero cariñosa, ese agarrado de manos no está muy bien definido todavía pero en aquellos lares debe ser perdurable tanto como fuera de ellos, custodiado por una guadaña callada y sorpresiva más eterna que la vida misma que nos advierte un axioma difícil: la vida es una novela que por la noche perdura y dura más una vela que lo que la vida dura...

3 comentarios:

__MARÍA__ dijo...

¿Qué tal papá de Aguaya?
Me ha recordado esta entrada mi último viaje a La Habana. Todas las veces que estuve anteriormente me había quedado sin visitar el cementerio Colón, esta vez decidimos mi marido y yo, no dejarlo pasar.
Parecía que allí estaba en otra ciudad, en otro país, quizás en otro mundo. Y eso que había también tumbas destrozadas como las viviendas del centro, pero se respiraba de otra manera.
No me sentí en ningún momento ajena al lugar.
Igual no me he sabido explicar, lo cierto es que me pasé bastante tiempo mirando si mis antepasados emigrantes estaban enterrados por allí. No los encontré.
Bueno un saludo muy cordial y que haya suerte.

Cubalibre dijo...

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Saludos.

glazam dijo...

Viví cerca del Cementerio de Colón durante casi 30 años y aunque no fui tantas veces, cuando lo hacía me gustaba ver las obras arquitectónicas, las calles interiores limpias, lo cuidadas que estaban las tumbas. En una visita a Cuba, en el 2002 quise ver donde estaban enterrados algunos familiares y me impactó el grado de destrucción, el abandono, la suciedad. Es una pena que lo dejaran destruir. ¿Han mejorado algo?