martes, 17 de junio de 2008

La cajita de Tomás Moro

La tenemos guardada en una caja mayor: la mesita de noche de la cama del cuarto. Como se sabe Moro fue Lord Canciller de Inglaterra y un día de locuras y desvelos se puso a escribir aquella famosa obra que se conocería luego como "Utopía", pero que originalmente tenía un nombre más largo y confuso...

En aquella isla del Atlántico se podía pasear sin necesidad de resguardo porque ni policías se necesitaban, la tierra era de todos y el dinero contante y sonante prácticamente no existía. La idea del intercambio mercantil Moro la veía como aquella actividad en que se cambiaban valores de uso cuya constante igual (el trabajo) se medía por lo que el otro necesitaba.

Esta rareza todavía hoy existe en el intercambio de la bodega de la esquina: cambiar cigarros por café o por chocolate. El que no fuma ofrece cigarros y si el otro no toma café se lo cambia por el paquetico de celofán. Todo está claro si la medida del intercambio la ofrece el dinero que no es otra cosa que la forma en que aparece el valor del trabajo. ¡Miren qué cosa! Moro argumentaba igual: el dinero en tanto valor de uso es igual a cualquier otro valor similar.

En la cajita de Moro que tenemos escondida está dormido el dinero que nos entra desde la calle y traspasa la cerca que custodia el jardín. Si salimos con él desde adentro y cerramos el candado nuestro dinero es esa mercancía especial que sirve como medio de cambio para adquirir cualquier cosa que se oferte en el mercado de las manos de otro.

Digamos que queremos comprar calabazas... vamos a ver: 3 libras. Si la libra de calabaza está a 3 pesos cubanos tenemos que pagar 9 pc por las tres libras del producto. Tenemos en las manos el valor (dinero) y adquirimos el valor de uso (la calabaza) que tiene otro. En ese acto de cambio el dinero no nos interesa como valor de uso sino como valor (a nadie se le ocurriría comerse los 9 pesos cubanos, claro), mientras la calabaza no le interesa al otro para comérsela completa (una calabaza hervida es lo más rico del mundo) sino para cambiarla por aquellos 9 pesos cubanos. Si se realiza la operación la calabaza pasa a nuestras manos y los 9 pesos se quedan en las manos del dueño de la calabaza.

Este ejemplo me queda claro para decir ahora lo siguiente: si el dinero que tenemos en la cajita de Moro no sale de esta casa por supuesto que ya no es mercancía, porque no se me ocurriría que cuando me hicieran una taza de café por las mañanas mi esposa me dijera: esta taza vale 5 pesos cubanos. Podría hacerlo... pero no se hace. En nuestra casa se brinda café gratuito. ¡Mira qué cosa! Si me cobraran el café de por la mañana yo podría (cuando limpiara con manguera y haragán el polvo del portal) pedir a cambio: esta limpieza vale 10 pesos cubanos o lo que es lo mismo: 2 cafés. La cara que pondría mi esposa en ambos casos sería diferente. Cuando me cobra el café pondría una cara de satisfacción y cuando me paga la limpieza una de disgusto... ¡Dime tú!

Por esa misma razón los servicios caseros no se cobran: ni la limpieza del jardín, ni la siembra de semillas de melón, ni la pintura de la cerca, ni los arreglos en el techo, ni la instalación de un tanque de agua en la azotea, ni el cambio de una luminaria, ni la comida nocturna o el desayuno. El día que cobremos el arroz que hagamos en la olla de presión que tenemos, ese día nuestra casa habrá cambiado de palacio de familia a paladar privado. Así mismo es, ¡si señor!

Para salir del laberinto siempre mentalmente hemos hecho una operación sencilla: el dinero en la cajita de Moro es un valor de uso dentro de la casa pero cuando sale fuera de ella se convierte en una mercancía. Si regalamos algo entre nosotros no lo cobramos y como no lo hacemos más tenemos. Nos sería muy raro cobrar un abrazo o un besito vespertino de esos que nos hace falta recibir después de un baño reconfortante. Un besito de a peso, digamos, o más pequeño aún: de a quilito. ¡Vaya, coge tu beso aquí, vamos!

O cuando hacemos arroz con leche, ese mismo que se quiere casar con una viudita de la capital: Un plato de arroz con leche = 15 pesos cubanos. Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén. Sinceramente no se nos ocurriría. Ni cobrar un plato de frijoles negros, ni un atole, ni una ensalada de aguacates, tomates gigantes y habichuelas. Ni un arroz desgranado, ni un plato de garbanzos, ni un batido de mamey, ni uno de mango de la mata ni un jugo de guayabas, ni un masaje corporal, ni una limpieza de pasillos, ni un lavado de ropas, ni un baño de sauna manual, nada que ocurra de la puerta hacia dentro ese candado que custodia el jardín.

Para nosotros está claro que la cajita de Moro tiene dentro un dinero que para nosotros ha perdido su valor, que yace allí dormido y no tiene valor para nada que hagamos dentro de la casa. El dinerito viene caminando desde el banco, pide permiso para entrar al candado del jardín y abre él mismo la compuerta de la mesita de noche, se mete dentro de la cajita de Moro y antes dice: "Ahora voy a dormir".

A soñar que todo el dinero del mundo se ha convertido en el mismo valor de uso que tiene dentro de la casa. Que se ha transformado en una cábala numérica, en una alfombra mágica incluso cuando sale a comprar calabazas y se encuentra con el dueño y este le dice: "Esta calabaza es gratuita porque tiene las semillas redondas como la fruta bomba". El dinerito está dormido en su posición fetal, abrazado a su cajita que le sirve de resguardo, custodiando el sello oficial del Canciller Tomás Moro que a cada rato le dice: "En esta isla de mi cajita tú has perdido el valor y te has quedado con lo más importante: el valor de uso".

Parece una simpleza pero no lo es... "oro parece, plata no es"... la gente sigue su agitada vida, la vida sigue su agitado curso, pero el dinero sigue teniendo valor y mucha gente cayéndole detrás para atraparlo y quedarse con él. Como es el caso de ciertos taxistas que dicen que como los precios del petróleo han subido, han subido también los precios del pasaje y ahora le quieren cobrar al amigo que viene a visitarte desde el aeropuerto hasta la esquina de esta casa nada menos que 60 cuc. ¡Así como les digo...! O aquellos que te quieren cobrar por cobrar una libra de malanga por 4 pesos cubanos o por una calabaza 17, mediana, de semilla picuda amarilla como el sol. Coge tu libra de boniato aquí por 3 pc, ¡vamos! Es una metalización del pensamiento y de la acción, una especie de invasión de la materia metalizada, dineralizada...

Agiotistas y especuladores, especímenes de esta jungla en que vivimos, esos no tienen en sus casas cajitas de Tomás Moro, tienen en cambio dientes de tiburones, colmillos de cocodrilos, tienen el cartelito de "¡cuidado, muerden!". A ellos pudiéramos decir: "No hay "Moros" en la casa". O fabricamos cajitas para distribuir por núcleos de familia cosa de que en esas casas se vaya perdiendo el sabor del vil metal o buscamos la fórmula clásica para bajar los precios y acabar con los intermediarios que son los que los suben: a más aguacates en el mercado los precios deben bajar. Digo, si no han cambiado las reglas del juego...

¡Oh, Tom More (Moro)! Autor de esa Utopía, Mr. Tomás (Tom is a boy, Mary is a girl) Lord Canciller del Rey Enrique VIII, Ud. que inventó eso de la cajita antes de morir decapitado en 1535 por no reconocer la autoridad espiritual de Henry The King, resucite y venga a ver cómo se mueven los precios en el agro, cuánto cuesta transportar un tanque de fibrocén en un camión de volteo, cuánto le piden por un sobre de caféconchí, cuánto vale sacarse una muela por la izquierda, cuánto un ponche de una cámara de auto por la derecha, cuánto una latica de refresco Tycola en una shop, cuánto una habitación de hotel 4 estrellas, cuánto una libra de carne de res zurda como las calles inglesas o norteamericana como Julia Robert The Pretty Woman... Venga y díganos si estamos en lo cierto o no, si hemos hecho bien en no cobrar el dulce de cascos de guayaba o el besito matutino.

2 comentarios:

Laz dijo...

Buen post, con muchas, muchas enseñanzas. Uno de las consecuencias mas catastroficas del castrismo fue retroceder el pais a la epoca del intercambio de equivalentes.

Yo Ana dijo...

Genial artículo! Qué ameno y qué verdadero! Allí todo sube y sube, igual que aquí, pero la diferencia es que no hay competencia, si no te gusta el precio de la calabaza no puedes irte a otro mercado a buscarla, ni comprar otra cosa. Sin hablar de que quien tenga que vivir de la jubilación no come ni media calabaza! Un abrazo, y toda mi admiración para el increíble progenitor de Aguaya.