domingo, 8 de junio de 2008

El ahorro que murmura...

...y que la luna retrata, parodiando la famosa canción, pero de lo que se trata es de que las cosas en esta casa duran bastante. No es que seamos tacaños, caminantes de codos, avaros ni mucho menos, es que parece que en los genes que llevamos dentro hay una pizca de ahorrativos ancestrales...

Como se sabe los españoles están detrás de toda esta historia; hay también africanos, árabes de diferentes países, franceses, ingleses y norteamericanos, de las islas del Caribe por supuesto, pero los más ahorrativos son los peninsulares. Ellos quisieron inventar los zapatos y les salió la alpargata, la emprendieron con hacer una bicicleta y les salió el amolador de tijeras (de dónde habrán sacado aquella flautica de mano que tanto extrañamos hoy?) y de tanto inventar inventaron la mulata cuando trabaron contacto con aquellas negras esclavas que criaban para reproducir la especie tratándolas como a cerdos... lamentablemente el ahorro fue en estos casos repugnantemente célebre.

Pero en casa somos tan ahorrativos que hace medio siglo no vamos a las tiendas a comprarnos ropa, ni calzado. Nos hemos convencido con eso del optimismo que tenemos como nuestro Señor Jesucristo que vino a la tierra para redimirnos y andamos con una sola túnica, las mismas sandalias y sin dinero en el bolsillo. Hemos ahorrado ropas, perfumes, aretes y pulseras, collares y zapatos, corbatas y camisas de cuello, smoking no tenemos ni hemos tenido nunca, ni sombreros para salir, tengo un sombrero viejo para las labores del campo que tiene nada menos que 38 años. Me lo tejió un haitiano en 1970 y todavía lo uso, le he puesto unas plumas de paloma torcaza que vienen al jardín y allí se rascan y las he puesto en los orificios al sombrero y ahora parece un sombrero de apache, de sioux, un sombrero a lo Chaflán que es el que me gusta.

No tenemos abanicos, ni juegos de cojines, ni cuadros en las paredes, porque todo eso lo fabricamos y lo ahorramos de tal manera que podemos ufanarnos (el llamado sano orgullo) de nuestra sobriedad casera, de nuestro modesto consumo, de la austeridad familiar que nos permite no botar nada que todavía pueda ser usado, digamos unas presillas para papeles que siempre aparecen dentro de las cajitas correspondientes.

Para ponerles un ejemplo palpable y sorprendente: mi espuma de afeitar envasada y regalada me ha durado nada menos que un año completo con su correspondiente máquinita y cuchilla de doble filo. Exactamente a los 365 días de uso la he exprimido hasta las últimas consecuencias y la he colocado con medalla de oro en el tanque de la basura. Y yo me afeito diariamente, siempre por las mañanas cuando ya ha salido (salido?) el sol y no es necesario encender la luz que pende del techo del baño.

La colonia para coloniarnos nos dura una eternidad, es solo un golpe de colonia, un fuífuí detrás de las orejas que nos deja perplejos y olorosos para salir con aire de banco de ahorros a dar zapatazos encima del asfalto de la calle, un par de zapatos que lleva ya de uso 7 años seguidos. Lo mismo nos pasa con las camisetas, con los "shores", con las camisas, "pulovitos", espejuelos, relojes, calzoncillos, toallas, sábanas y fundas, almohadas, toda la ropa que usamos... Tenemos un ventilador que todavía funciona de 32 años y un coche de igual edad, una máquina de coser singer de 45 años, unos libreros viejos viejos de más de 50 años, un juego de sala de 60 años y otro de comedor de 70. Tenemos una jarra de porcelana que ya cumplió 118 años, libros antiquísimos, un escaparate de 53 años, una casa de 65 años, pero el récord del ahorro lo tenemos en una lupa cóncava gigante que tiene nada menos que 120 años, la cifra que dicen los científicos que es la meta actual para el hombre vivir en el futuro como promedio de edad...

¡Como nos duran las cosas en esta casa, madre mía!... Nos duran también los alimentos, palitroques, dulces, arroces, azúcares, frijoles, panes, atunes enlatados, aceites, vinagres, nos dura la miel de abejas de qué manera, no botamos nada a la basura que se pueda consumir, nos dura el café, la leche, las conservas, el agua hervida nos dura que no tiene igual, nos administramos de tal forma que aunque quisiéramos un día malgastar no podríamos, no estamos acostumbrados a malbaratar, no se nos ocurriría botar un platanito de frutas que se pueda comer, hasta los vegetales los sometemos a la guardería del refrigerador. Tuvimos un refrigerador que nos duró 45 años y nos quejábamos de que no enfriaba bien como pedirle a un sacristán en una iglesia que gritara la misa porque el que se sienta en el último banco no oye...

El azúcar, digamos para el café, la ponemos dentro del jarro en su medida y le echamos el líquido caliente y no se nos riega ni un granito mínimo fuera. El agua que tomamos en su medida no se derrama... También ahorramos el betún para zapatos, qué manera de durar la lata de betún. Los algodones en el armario, las medicinas, el alcohol boricado, el anís, tenemos en el garaje carbón vegetal para cuando vengan los ciclones y se nos vaya de paseo la luz eléctrica, tenemos querosene guardado, sal de comer, Santo Cielo, como tenemos sal en el closet de la cocina, pintura de uñas sin usar, lápices y libretas, sobres y papel para cartas de mano (nuestras hermosas cartas del Siglo XIX), ahorramos alfileres, botones, zíper, telitas, trapitos, tenemos tornillería, tuercas, tapas de baterías, líquido de frenos, aceites y lubricantes, grasas especiales guardadas para engrasar cuando haga falta, maderas escondidas, puntillas, puntillones y puntillitas, clavos, pinturas, brochas, latas, desodorizantes, ropa vieja, alambres, tenemos un garaje lleno de cosas que un día nos van a hacer falta...

Tenemos el espíritu de almacenero eficaz debajo de la piel del cuerpo, un ahorro de abridor de compuertas de agua, de controlador de la luz, el ahorro de los que tienen el sentido del ahorro, de los que no sienten la necesidad de botar sino de guardar, tenemos esparadrapo, agujas, flores y floreros, cordel para amarrar el ahorrito que nos dejaron los que nos enseñaron a ahorrar y una enorme yagua de palma joven para hacer el catauro con que vamos a aprisionar el ahorro para que no se nos vaya aun cuando nos muramos de tanto ahorrar.

Ya lo que ahorramos no nos sorprende sino sorprende a otros, los que vienen a buscar azúcar para crecer y la tenemos, una pizca de pimienta y la hay, un cariñito de algo y lo encontramos porque lo que nunca hemos podido ahorrar ni meter guardado en ningún lugar es ese oro que tenemos dentro que cuanto más damos más nos queda y que ustedes también nos han regalado como tesoro de familia, como cualquier gastrónomo que lleva dentro un astrónomo, cualquier cavernícola que lleva una caverna llena de cola dentro, cualquier camposanto que tiene un santo dentro del campo y así cualquier palabra lleva en la barriga el ahorro metido como si fuera la bolsa de un canguro con un arcoiris relleno de pieles de castor, tarros de venados y anillos de compromiso.

3 comentarios:

glazam dijo...

Para hacer honor al ahorro: barbarísimoooooo.
En serio, me gustó mucho.

Aguaya Berlín dijo...

Saludos, Glazam!
Oye, qué proeza leerse tantas crónicas de una vez!!!! ya vi tus comentarios en las demás!
Yo se los mando todos al viejo... él siempre manda saludos y GRACIAS!!!

Recibe los míos desde Berlín,
AB

Yo Ana dijo...

Dios, que maravilla!! Debería ser un escritor laureado, tal vez algún día llegue a serlo. Lo bueno es que se nos queda lo del ahorro, yo lo sigo estirando todo ad infinitum. Otro abrazo a ese Hemingway cubano.