lunes, 30 de junio de 2008

En la Grande Aventura...

Cuando nos pasan por el lado las guaguas nuevas Yutong articuladas lo hacen a tal velocidad que no vemos la cara de los que se sientan dentro, choferes incluidos. En Moa los pueblerinos dicen en ese dialecto propio: "¡A río vaya, como va esa bicha!".

Si Ud. no ha viajado nunca allá ni pregunte... Les dicen "cutaras" a las chancletas, "baldes" a los cubos, "berraco" al taburete. Digamos que lo quieren invitar a tomarse un café y la muchacha le dice: "Arrime pacá al berracho pa darle un trancazo". Uno piensa que lo van a matar pero no... eso significa que se siente Ud. en el taburete de piel de chivo y ella con una latica humeante le trae el café serrano más caliente que el infiernito de Dante. En una fiesta Ud. puede sostener un diálogo con la misma muchacha cuando le diga: "Dame un viaje mamayú" (invitándola a bailar) y ella le conteste: "¡Echa pallá toletú que yo tengo mi querendango!". Frase que no necesita traducción alguna porque todo el mundo entiende.

Digo todo esto porque en esa zona está prohibido decir que Ud. quisiera algún día pasar una Grande Aventura en algún lugar del mundo para solaz esparcimiento y felicidad total, porque lo van a confundir con esos personajes que están rejas adentro en los hospitales psiquiátricos. Y sin embargo la Grande Aventura existe como halo rutilante y volátil, ese que se nos queda alumbrando encima de la cabeza cuando se nos ocurre alguna cosa que quisiéramos hacer para romper la rutina. Con el permiso de la concurrencia voy a contar en este relato algo que me ha ocurrido para que puedan comparar si es verdad o no lo que acabo de decir.

Ensartar la carnada para irse a pescar... No hay otra aventura igual según creo. Usted se levanta temprano con el anzuelo y la pita enroscada en el carretel de madera, esa misma pita fuerte y flexible, dorada azúl casi invisible que en la punta tiene la virtud de dejarse tejer el nudo marinero para el anzuelo puntiagudo, una flecha diminuta que tiene la propiedad de penetrar la boca del pez y traerlo fuera del agua cuando Ud. logra atraparlo.

Debe tener un buen pico para abrir la tierra antes y sacar la lombriz suculenta, un anélido ciego que está viviendo en su cueva subterránea esperando a que Ud. venga con las ganas de pescar para que lo invite a servir de engoe para peces. Y sale Ud. con su carrete, su latica de carnada viva, su nylon y su cuchillo a buscar el río turbulento, el que se enrosca debajo de las palmas y pasa en silencio hasta formar aguadas profundas debajo de cuyas lajas se esconden los dajaos y biajacas, camarones y jicoteas y donde los palmiches maduros caen penetrando las aguas tranquilas para que los guajacones salgan de sus cuevas y los desmenucen como pirañas custodiados por güijes inventados en fábulas campesinas.

Y Ud. pasa horas y horas oliendo la hierba mojada, viendo cómo salen de las profundidades los globitos de aire de la respiración de peces y quelonios, cómo las anguilas ciegas se mueven en zigzag presurosas por el fango del río mientras las gallarretas y los zorzales vienen a buscar insectos para poder sobrevivir y las yaguazas revolotean y se bañan tranquilas de que no se las van a comer por ahora.

Y Ud. que ha lanzado su anzuelo siente cuando se hunde el corcho que aprisiona el hilo ensartado que algo ha mordido, que alguna boca ha picado al gusano y de un tirón saca la pita mojada y ve con alegría que viene un pez sin pestañas, un pez lleno de dientes y asombro, de escamas sin dedos, un pez convertido en pescado que le dice en su lenguaje propio: "Mejunje pa' la tarima" queriéndole indicar que esa aventura para él termina cuando alguien lo escame y limpie y se lo lleve para ser frito en aceite vegetal y puesto ante los ojos deseosos de los comensales.

El placer de la sobrevida, de la muerte del otro, de la victoria de la especie sobre el escalón inferior, la perseverancia del más fuerte y más diestro sobre el más débil y menos preparado, del humano sobre el inconsciente, de la razón sobre el instinto, la preponderancia de la cultura sobre la ignorancia, de la vida sobre la muerte y de la guerra sobre la paz, una guerra para evitar el canibalismo, dar de comer a los muchachos, sentir con bondad la felicidad en el rostro de otros, el agradecimiento en la mirada familiar alrededor de la mesa de comidas, el beso del amor diciendo esa noche: "Nos queda mucho que vivir todavía mientras haya peces en el palmar". Un amor sin palabras, con el olor a pez sacado del río en la epidermis de la pareja, interrumpido por el murmullo de los juncos de orilla, de la avalancha de agua que se precipita en la cascada y se convierte en cabello de mujer, sol de madrugada, viento suave de primavera, Grande Aventura que no se repite igual nunca, que siempre trae algo nuevo y que se sabe no solo por el cambio de actividad sino también por el temblor de los dedos y el color de los ojos...

Domar el potro, correr, lanzarse al vacío con el paracaídas, respirar, tomar el sol, nadar, sembrar, escribir, pensar, hablar, oír, todos los verbos terminados en ar, en er y en ir. Ir y regresar, soñar y dormir, bostezar, imitar, disparar, comer, pestañear ("El que pestapierde ñea") y bromear. Debíamos inventar nuevos verbos como aventurar, arabistar, atabalar, caparidacear, cuscurrear, dentirrostrear, dimisoriar, galilear, lectorear, mantisear, pijamer, retrayentir, tinterir, ulaner, para nosotros mismos comprender el mosaico y espectro de las acciones que pudiéramos realizar constitutivas de la pasión por esa Grande Aventura que es la vida misma, la que nos despierta cada mañana con el deseo de hacer algo diferente o igual, de encontrar el lado bueno de las cosas y el malo también, de flotar en el espacio como si fuéramos a navegar o pensar cómo llenarnos la barriga sin mover ninguna de las dos manos, esa locura que nos hace morder el anzuelo encarnado que nos invita a salir de la pasividad del agua para ser comido por otros después y reencarnar en el otro como si estuviéramos diciendo al paso del ómnibus: "Ensila pal ateje a comer ciruela o chupar la guásima". Frase que tampoco tiene traducción alguna porque todo el mundo la entiende. Como el "abur", el deseo infinito de comer "guineos" o tomar "prú"...

Me parece que debemos algún día sentir el escozor de la curiosidad por conocer aquellas comunidades casi indígenas, que en ocasiones no hablan ni se comportan como nosotros. Dicen los paleontólogos que el ser humano debe cada cierto tiempo convivir con extraños para conocerse por dentro, pensar como pez, como león de zoológico, como ave de rapiña, como enredadera de calabaza, como flor de sábila. Hormigas somos y por el monte vamos, allí donde termina la aguada y comienza el baño de las mujeres, en el mismo lugar donde más adelante techan los bohíos con pencas de palmas, dondequiera comienza esta Grande Oportunidad que nos labramos, limpia y atractiva, de colesterol bueno, sin dietas ni aeróbicos, sin violencia, lenguaje de adultos y sexo, preparada para vivirla intensamente, así de simple como echar comida a los patos a la orilla de un río... algo que te convierte en Dios de tí mismo y orula de los demás... Ta que ñancue... ¡Sí Señor!

3 comentarios:

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

gracias por los comentarios que dejaste en mi blog. Yo me he leido algunos de las entradas que hace tu pariente desde Cuba y las disfruto mucho. Saludos,

ANDRES GUEVARA dijo...

TU PAPA ES SENCILLAMENTE FABULOSO EN TODO LO QUE ESCRIBRE ES UNA MARAVILLA LA FORMA EN LA QUE COMBINA LA VIDA DIARIA DE CUBA CON LA MITOLOGIA, LAS LETRAS Y HISTORIA Y LAS ARTES, ME MANTIENE SIEMPRE SIN MOVERME DE LA PC LEYENDO SUS ARTICULOS, HACIA MUCHO TIEMPO QUE NO LEIA ALGO ASI. FELICIDADES PARA ESE PAPA QUE TIENES. SALUDOS. AGUEVARA55

Aguaya Berlín dijo...

Gracias, Ernesto, por pasar!

Gracias, Andrés!! Ya le cuento al viejo...