miércoles, 7 de enero de 2009

Uno que se fue y otro que viene...

Estaban esperando a que uno saliera para que el otro entrara, que uno se bajara para que el otro subiera, que uno se despidiera para que el otro nos hiciera la visita, que uno dijera adiós y el otro buenos días y sin embargo era el mismo tiempo con el mismo espacio y movimiento, la única materia eterna e infinita transformándose ella misma y dando a luz la conciencia como su fruto más preciado y el trabajo como su realización más concreta...

Porque si vamos a tener en cuenta la sucesión de los días y las noches, ese peregrinar de trompo que esta redondez en que habitamos nos regala, y ese baile alrededor de la bombilla de helio a la que llamamos sol que nos hace cambiar los años consecutivos, no hay manera que podamos contarlos ni apariciones u ocasos sino un vaivén natural en el cual navegamos, un pairo en el que nuestro corcho se hunde y sale a flote, una música suave o bravía que nace como antídoto mejor contra la picadura de las víboras de cascabel que nos acechan, el pugilato eterno entre el amor y el odio que nos protege de la muerte con la prueba inequívoca de la vida generacional algo que nadie ni nada puede detener ahora ni nunca...

Parece que por estos lares la gente comienza a reunirse para hablar de integración, lo que no hacía hace cincuenta años, los mismos que hace y mucho más en que la guerra comenzó para no acabar todavía tratando inutilmente de enterrar la vida, un tiempo infinito en que los imperios blancos le abrieron las puertas a los mestizos, en que las crisis estallaron y las medidas matemáticas y físicas se redujeron hasta dimensiones de quantos fantasmales, los leopardos y las ranas comenzaron a extinguirse, se amaron los monos salvajes y los pingüinos siguieron arrastrando su monogamia tradicional, los flamencos detuvieron su vuelo en los humedales y hasta los anélidos se escondieron todavía más profundo para protegerse de las radiaciones y la pesca furtiva...

Las religiones siguieron perfeccionando sus oraciones cambiando los lugares de peregrinación y descubriendo que todas se parecen o son las mismas fantasías creadas por los dioses que nacieron en las circunvoluciones cerebrales o se escondieron en las botellas de arcanos o en los baptisterios mágicos que son algo así como calmiles o disertos que a su vez significan algo bendito como espumuyes, fajardos, gémulas, henales o isipoes y se quedaron allí para alumbrarnos y hacernos juvias poderosas, kebires, lopas geniales, mansurrones viriles, nibelungos radiantes olefínicos, picuros quiragras o simplemente réspides, sobordos, trisagios, ululatos veringos, wapitíes, xilotitas, yurumíes o, más precisamente, zaguas...

El triunfo del brindis sobre el duelo, del valor sobre la pereza, de la paz sobre la incertidumbre, estábamos esperando que pasara la noche para volverla a ver y padecer del dolor cervical de mirar las estrellas, de ver cómo se acerca el viaje al poderoso astro y cómo crece la hierba para después cortarla sintiendo el placer del trabajo cuando se hace gota de sudor en la frente, ya llega el nuevo tiempo en que los ojos captan la belleza y se esconde pero no hemos podido todavía saber con fecha fija cuándo es que volveremos a nacer o a morir, cuándo nos volveremos a ver para despedirnos, cuánto crecerán los que han nacido de nuestra sangre y la de otros, qué nuevos descubrimientos habrá que merecerán ser generalizados o premiados, en qué parará tal o cual historia, cómo nos recordaremos y si habrá lugar para los que vengan a visitarnos, qué viaje haremos y hacia dónde, qué olor a rosas nacidas nos rodeará o a tierra húmeda tendremos para asirnos cada hora o nanosegundo de la vida queriendo que las cenizas no desaparezcan...

Probablemente lo que ocurra sea parecido a una montaña en cuya cima se oiga siempre un ajetreo ruidoso, un grande forcejeo para hacer algo en cualquier momento, una necesidad espontánea de ir a ver a alguien, invocar un espíritu escribiendo un diario, buscar la orientación a pesar del otoño, seguir un rastro que nadie nos ha mostrado, oler instintivamente alguna corteza de árbol y decir lo mismo a otra persona lo mismo que se dijo en tal o cual situación y que el otro no hizo caso, lanzar un mensaje dentro de una botella al mar y recogerlo hecho volutas de humo que se elevan desde parajes lejanos y responder cuando alguien nos llame por el nombre que nos pusieron cuando nacimos y caminar respirando mientras los años nos pasen por encima y algún día no podamos ni dar de comer a los patos ni ensartar una aguja de coser...

Una muerte benigna que dé paso a la vida, que se enrede en las raíces de las flores de los jardines y salga hecha lirio o rosa para que las abejas liben y fertilicen los papayales, crezcan los flamboyanes multicolores o copulen de nuevo las lagartijas en medio de una potente y rítmica conga oriental que marche rezando aquel verso conciso: "En el patio de mi casa hay una piedra bendita donde se bañan las viejas y se vuelven señoritas". En este más acá somos muchos más que en el más allá, porque aquí no están todos los que son ni son todos los que están, allá los que se fueron a morirvivir no imaginan vivos y aquí los vivos estamos constantemente imaginando muertos, unos muertos poderosos que nunca han existido que danzan como lobos indios con miedo a los carapálidas y se pintan de escorpiones la piel para hacer el amor a hembras multicolores de todos los continentes y todos los idiomas...

Ese es el cumpleaños un cumpledías un cumplenoches un sagrado segundo que ya no volverá sino dentro de un año normal o bisiesto dentro de un mes dentro de un lustro en un milenio, hoy sin el cake encima de la mesa con las velitas dentro, unas velitas encendidas que se dejen soplar y el ojomeneado allí rodeado de los nietos y los hijos ausentes, un cumple en el que se cante la canción más cantada de todas esperando el milenio en que ya nadie lo recuerde porque terminarán las celebraciones especiales, se habrán acabado los géneros y sexos, los estados y naciones, se perderá una nave en el eterno e infinito espacio galaxial y retornaremos envueltos en polvo cósmico como si nada hubiera sucedido, convertidos en insectos para fertilizar cientos de miles de cuerpos estelares que tengan condiciones para la vida misma y allí reir de todo lo ocurrido, hacer cabriolas o magia, la única ciencia útil cuando se tiene menos de cien años de vida y nos llevan al circo a ver volar los elefantes...