sábado, 22 de diciembre de 2007

Puentes sobre El Caribe

La tarde está de lo más rica, con el sol amarillo calentando pero un airecito frío menos que el de ayer, un aire invernal que nadie puede atrapar con las manos, que se mete en los orificios del cuerpo y sale por otros levantando a la gente de sus asientos para ver cómo llega al malecón el ruidito de las olas y la espuma de los frentes suaves fríos que vienen del norte allá por donde se nos pierde la vista y por donde van a construir un pedraplén primero y un sistema de puentes de acero después para que la gente vaya y venga cuando quiera, visite West Palm Beach o Cayo Hueso, se bañe en algún lugar menos donde haya tiburones o cocodrilos y nos haga el cuento de la buena pipa cuando regrese al lugar desde donde partió... Un sistema de puentes de acero como los de California que van a construir en el siglo XXII para unir el norte con el sur y ver cómo nace una serpiente de un huevo de águila.

Sí señor, así mismo, puentes sobre El Caribe, un mar relleno de barquitos de papel, de delfines salvadores de náufragos, origen de fantasías como la utopía de Moro, un Caribe caribeño como la Universidad, indígena del sur allá por el Orinoco (lugar donde orina Noco que es de allá), un Caribe con lanza y chatarrita en las manos que pasea y nos vende palomitas de maíz en uno de los puentes de acero que nos unen y así no tendremos que sacar visa para ir o regresar porque en el XXII ya se habrán extinguido esas oficinas y solo te dejarán entrar a los lugares si tienes los ojos debajo de las cejas y encima de la nariz, unos ojos caribeños de verdad como huellas dactilares que te miran y te desnudan, ojos de mujer caribeña que te dicen que la dejen pasar por el puente y los hombres le hacen reverencia sin cerrar los ojos y ella dice que sí y ya, a comer hamburguesas con papas tostadas, sin humo de cigarrillos de papel y oliendo perfume de flores cada vez que sale un pargo del agua de mar y nos invita a nadar en uno de los balnearios que se van a inaugurar al efecto mientras cantamos nuestro chamamé, vamos con una canoa a descubrir las pequeñas islas y cayos y ensartar nuestros anzuelos para pescar sueños que son los peces más lindos del grande y poderoso océano... Sí señor, así como les digo.

Y es bueno que digamos que los isleños estamos diseñados para no saber nadar mientras que los que no tienen mar en lo que más piensan es en tirarse dentro de una piscina y por eso es que rompen los records mundiales y nosotros no, nosotros tenemos muy grandes las fosas nasales y cuando nos metemos en el agua nos tupimos de salitre y ni flotamos. Pero con aquellos puentecitos iremos poco a poco perdiéndole el miedo al mar del norte revuelto y brutal, pasearemos encueros como Dios nos dijo que nuestras madres nos parieran y estaremos felices como las codornices, las institutrices, los aprendices y las perdices, las tardes grises, las narices y las aplicadas y amables lombrices. Eso es!