lunes, 11 de febrero de 2008

Réquiem por Caty

(Este réquiem lo escribió mi papá pocos días después que muriera nuestra perrita Caty. Mi gua-guaita murió el 8 de Mayo del 2006. Él no ha querido leerlo más, dice que aun está triste. Mi mamá sabe del texto pero ni siquiera se ha atrevido a leerlo. Aquí lo hago público pues a mí me gusta mucho. Quizá a ustedes también...)

Caty se nos fue de viaje sin un pasaje de regreso físico el lunes por la noche. La llevé a la terminal para que abordara la alfombra y estuvo esperando a que avisaran que la venían a buscar en el carruaje las últimas dos horas de la angustia. La puse envuelta en una tela azul estampada en blanco para que reposara encima del tapete y allí estuvo mirándome con sus ojos de almendra y su cabeza de quilla de barco invertida cada vez que se le ocurría como si estuviera controlando mi presencia y me exigiera que no la dejara ir sin que alguien la despidiera en el andén.

Hemos dicho muchas veces que los animales que han vivido con nosotros en casa son en realidad personas y que las personas que vivimos con ellos somos en el fondo unos animales racionales que hablamos y escribimos pero marcados por el dichoso pecado original: nos confundieron de piel. Esas personas tienen un alma fina como láser verde que se les escapa cuando ya deciden abordar el transporte que se los lleva para el otro mundo y se proponen antes dejarla ver a los que las han querido de verdad. Esta alma es como una llave que alumbra avisando que ya no nos acompañarán de nuevo en el ladrido de por la mañana pero que están dando vueltas durante las 24 horas del día, revoloteando de un lado para otro como si fueran palomas en celo en una tarde de primavera.

Así se ponía Caty a caerles detrás cuando las parejas de torcazas hacían malabares con sus alas unas encima de las otras subidas en la cerca de alambre que rodea el jardín. O cuando pasaban sus amigos de raza por la acera llena de hojas de laurel caídas por las ventoleras diarias a conversar un rato. O cuando saludaba a los que preguntaban por ella por ser la más pequeña de las tres y tener la punta del rabo tan pelado como bola de billar de salón.

Era una persona sin apellido alguno con un solo nombre que le bastaba para reconocernos cuando le decíamos a voz en cuello: !Caty, sube! !Entra! y !Ven! Sin proponérselo ella estaba demostrando lo innecesario de los patronímicos, aunque en realidad, en el mundo de esas especies lo común debiera ser atender la voz por el nombre de los progenitores: !Caty Lucas Canela, ven!

Se comportaba sin embargo renuente a que le recordaran los ancestros porque cuando lo hacíamos era tal la alegría que acumulaba que se atolondraba completamente y no atinaba a cumplir ninguna orden. Más bien se desprendía a correr por encima de las hierbas, alrededor de las matas de rosas, salvando los obstáculos de los muros, en los pasillos interiores y hasta en los cuartos, para terminar la carrera en el pozuelo de agua hervida que nadie podía tocar. Y luego se dormía con la cabeza entre las patas al lado del refrigerador que era su coto de vida diurna, mientras que el que estaba debajo del teléfono de pared lo destinaba para el de dormir por las noches.

Pero lo que más le gustaba era que la cargaran en las piernas, la mecieran en el sillón y le cantaran bajito alguna canción para perros hasta que se dormía para soñar con el viaje final en la alfombra de ir y que le tuvieran sus lugares de reposo para volver en la de regresar. Y que después la colocaran debajo de la lámpara del cuarto principal para hacer un triángulo de madrugada entre sus tres lugares escogidos tapada la cabeza con un trapo estampado que nadie le podía quitar.

Sin embargo, el lugar en que menos tiempo estuvo no fue ninguno de estos tres sino el del reposo esperando su último viaje, debajo de unos mangos florecidos y llenos de frutos, que crecían bajo la sombra de una inmensa ceiba en el patio de espera. Yo pensé que no se iba a parar de allí pero no, me sorprendió cuando en varias ocasiones se puso en posición de alerta, husmeó con su nariz para los olores a ras de suelo y me pidió con un gesto de las orejas que le pasara un algodón húmedo por los ojos para quitarse el polvo que la estaba molestando.

Estuvimos hablando mucho esas dos horas... hasta que me dijo que llamara al conductor del coche para que la sentara en el asiento más cómodo que había. Así lo hice y así se fue, saludándome con sus extremidades y con su rabo hasta que la alfombra tomó altura y desde allí liberó su rayo verde como un flash de cámara fotográfica que solo yo pude ver bien, porque el auditorio que estaba aquella noche en la consulta de los veterinarios no se percató nunca ni de nuestra conversación ni de ese relámpago divino que me hizo de despedida.

Estuvo hasta el final resistiendo el embate de las colonias de bacterias que la atacaron despiadadamente, con su carga de antibióticos y de sueros como armas de combate pero su escudo principal era el deseo de vivir que la mantuvo así hasta el final y que sacó de su propio almacén en el escondite de un corazoncito duro como diamante que no pudo ser destruído por nada ni por nadie.

Le estuve pasando la mano por la piel carmelita y tomando el pulso de latidos hasta que me pidió que la ayudara a incorporarse para pasear un rato. Y Angelito, que es tan duro como acero tuvo que pedir ayuda para que la subieran a la alfombra porque no tuvo valor de hacerlo él mismo. Y eso que la trató exquisitamente durante los últimos 4 meses y ya cuando lo veía ella lo saludaba con el único recurso que nos deja abatidos de cariño: un ladrido de afecto.

No nos dijimos adiós porque ella me prometió que volvería pronto, tan pronto como enseguida y que cuando no la viera por las mañanas salir detrás de mí para recoger las hojas de los alrededores no pensara que estaba ausente de la tarea sino que estaba haciendo algo debajo de los plátanos del fondo. Y era totalmente cierto... hoy mismo me pasó. Salí con la escoba, el recogedor y el cubo de la basura y cuando viré la cabeza me pareció verla al doblar de la esquina de la casa rumbo al patio, cerca de la montaña de tierra donde se esconden las hormigas. Y cuando regresé a decírselo a su madre postiza no pudimos ni siquiera hablar de eso porque estábamos anegados en llanto.

Nos hemos quedado con sus recuerdos envueltos dentro de un nudo en la garganta y ya no seremos los mismos de ahora en adelante. Estamos olfateando que va a pasar mucho tiempo para que nos repongamos de la pérdida. Pero nos ha hecho mucho bien saber una simple cosa: cuanto más queremos a otro más crecemos por dentro. La gente no para de preguntar por ella y gracias a Dios tenemos otras dos en casa para mostrar al menos que aquí corre la vida. Y fuera de aquí sus 4 hermanitas (que se le parecen como gotas de agua y que nacieron el mismo día en que mi hija cumplió años) algún día nos harán la visita o las veremos en cualquier lugar y nos parecerá que Caty ha vuelto para ladrarnos exigiendo su cuota de helado. Irremediablemente no tendremos otra opción por el momento que mirar y volver a mirar sus fotos en la cómoda del cuarto.

Si en algo esta oración puede mitigar la tristeza que sentimos y servirle a ella de algún consuelo entonces tiene validez. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde y siempre se queda con la impotencia de no haber podido hacer algo mejor para prolongarle la vida. Tendremos en cambio que seguir llevando a cuestas la nuestra, con el ímpetu de siempre o más alto, luchando por dotar a esa fauna increíble que nos rodea de más cariño del que hoy le prodigamos que en la calle es bien poco.

Intentar que las autoridades tomen conciencia de la necesidad de garantizar los medicamentos que necesitan y la alimentación que requieren, perfeccionar su atención médica y trabajar porque tengan locales apropiados para que sean atendidos humanamente mientras nos damos a la labor de entender mejor al prójimo que cuando tuvo pérdidas similares no valorábamos lo duro que habían sido, no puede ser una utopía. Este hago constar se nota cuando alguien pasa y hace el comentario: "Uno sufre lo mismo que si hubiera enterrado al último de sus muertos".

Al menos para las condolencias y el descanso le hemos sembrado en la cerca una serie de cinco buganvillas rojas que cuando crezcan y florezcan le servirán de corona viva. Amén.

4 comentarios:

GeNeRaCiOn AsErE dijo...

cono, me ha jodio la madrugada esto. He tenido dos perritos en mi vida, ambos recogidos de la calle y el primero 'churry' aun lo llevo conmigo. se muri� estando yo en el exilio ya.

Un abrazo para el puro, de Maylin y m�o.
el tony.

Aguaya Berlin dijo...

a mí también me pone a pensar cada vez que lo leo...

Ya le paso al viejo tu comentario...

Sabes qué? el primer trabajo que tuvo mi papá fue "despedidor de duelos"! Cuando era un nin~o lo iban a buscar a su casa, en su pueblo natal, para que despidiera los duelos. Parece que mi viejo "hablaba" bonito desde chiquito... No sé si le daban algo por eso, o si era más bien un oficio "gratuito" que practicaba, tengo que preguntarle... Le diré que escriba algo al respecto!

Un abrazo para ustedes dos!

Yvette dijo...

que pena...
me puse triste!

Anónimo dijo...

mi vida que linda la caty! todos losperros van a un estrella a vivir mientras esperan quenos reunamos con ellos...
saludos
Alejandro