domingo, 6 de abril de 2008

Carta de amor ahorrativo

Yo te lo hubiera dicho cuando hablamos ayer pero no fue posible... el amor por teléfono cuesta, es una cuenta tuya que me encarece el cariño, porque en la misma medida en que crece el haber, el saldo decrece si el deber es el mismo. Probablemente si yo estuviera en otra latitud tu llamada te pudiera costar casi nada pero estamos en la Ciudad Prohibida de las dinastías chinas, subiendo las inmensas escaleras filmadas de "El último Emperador", cerca de las murallas restauradas, viendo pasar los palanquines modernos, los policías de tránsito, las señoritas vestidas a lo occidental mientras debajo de esas ropas está la seda cara, la ausencia de su ropa interior y los mismos ojos de figura de almendra que tanto nos invitan.

Estamos rodeados por atardeceres chinos, Zanja se ha convertido en una gran avenida, aquel barrio ya puede ofertar en la confluencia con Cuchillo más de mil dragones de garganta apagada, multicolores, danzantes, custodiados por toneladas de arroces fritos, sopas de legumbres, aromas chinos para guaguas chinas, chinos de la cuarta generación encaramados en bicicletas "Forever" viejas como tejas de techo. ¿Cómo decirte que te amo en chino?... Tal vez "Chinchín" como se dice "aguacero" en cantonés. O "Mincin" como se dice en pekinés "desorganización". O llamarte de mañana: "Toca gao" como se dice papel sanitario. Hoy te amo más que ayer y menos que mañana, es un amor endemoniadamente chino, en chancletas de andar, silencioso y taimado, encima del estambre con que te tejo mis versos, mis notas de periodista frustrado, las mismas que te pudiera decir si la llamada costara menos pero que hoy te escribo y te envío con la Sra. Internet para que lleguen a tus manos en el mismo minuto en que te pongas a mirar por la ventana cómo caen las gotas de lluvia sobre las flores del jardín, este envío de amor ahorrativo, barato, apetecible, un amor pequeño ("tilín"=ahorro)...

"Te quielo y me quedo colto" te digo en chino, puesto delante de mi ventilador "Chuánchuán", de mi aire acondicionado "Chuínchuín", bebiendo helados "Muymuy" tipicamente chinos, tras mi biombo chino que muestra señoritas lascivas acomodadas "Jinijini" que me invitan al amor pagado, un amor que nada vale realmente, que se queda pendiente como arete en la oreja de un luchador de "Sumo" chino, un saltarín del circo chino, de la ópera china que toca violín acariciando un serrucho... "Tuítuí" hace el serrucho y te entrega una flor con reverencias osadas, una canción confeccionada cuando suena el metal contra el suelo mientras una mujer pare una criatura que puede mañana llamarse "Tuang", "Tcheng", "Tong".

¿Cuánto se ha escrito a través de los siglos acerca del amor?, te pregunto. Y me contestas: nada... Tal vez el primer sentimiento que perdió la humanidad y el que cuesta más rescatar. El amor es un misterio que nadie puede definir. De él nada se sabe, científicos y poetas han tratado de acercársele pero el amor se esconde, se acaba y reaparece, se pierde y vuelve, volátil, victorioso, maltratado, tratado mal, la gente hoy intenta decir algo un día al año, regalar una cosa cuando el amor es un ser descosificado, es si acaso la intención de seguir respirando, parece que lo llevamos encima como la misma gravedad que nos rodea y nunca lo sentimos, nadie lo vende ni lo puede comprar y como todo el mundo sabe hay cosas más importantes que el dinero, pero cuestan mucho... Tengo la prueba de la cuenta telefónica... Una conversación contigo de 10 minutos cuesta tanto como hablar desde Beijing a Hongkong sin colgar 72 horas... O llamar desde Shangai a Groenlandia y hablar sin colgar durante 48 horas heladas, congeladas.

Yo, que me estoy convirtiendo en un chino original, amarilloso como si tuviera una hepatitis noble y superficial, rodeado como estoy de cosas chinas, de chinos y chinas, de trenzas y oblicuidades, de sopas y palitos de comer, si estuviera pescando en el Mar de la China Meridional y marcara en mi celular 111 tu número telefónico y estuviera hablando 7 días seguidos contigo, gastaría menos que si tuviera que pagar un Shopsuei en un restaurante del China Town de New York o en el "La flor de Loto" del barrio chino de aquí, pero ayer no, ayer tu llamada nos costó tanto como una olla arrocera china ofertada en las tiendas de recuperación de divisas y solo hablamos menos de 10 minutos, una conversación furtiva, monosilábica, ¿estás bien?, Sí, ¿y ustedes qué? ¡Ná! y ¡Ya!... Se fueron los chavitos, los euros, los usd, se marcharon como si se hubiesen montado en un inmenso globo chino, en el rabo de un papalote de papel chino, o perdidos en la fachada de terracota funeraria de un vaso estilo Wei, como si hubieran desaparecido en un segundo después de haber rezado en la pagoda de Longchan...

Amor mío te amo ("Te amo a felicital el año que viene como una muetra de nuetro amol etelno Elda mía, mi elda, te lo dice tu músico que te quiere amol mío te amo a querel pero pol calta"), porque si te lo digo telefónicamente tendríamos que ser manchúes ricos, comerciantes de la dinastía Tang o reyes Ming forrados en oro para pagar esas llamadas. Cada vez que suena el timbre "Ling Ling" se me erizan los pelos de las orejas sabiendo lo que va a costar. Te lo digo seriamente: si me sacara mañana el premio gordo en la Loto de Berlín te iba a dar besos las 24 horas del día ya hecho millonario, nunca más por teléfono... Agarraría el aparatico y lo lanzaría lejos como si estuviera lanzando el martillo y la hoz, para que se lo comieran los patos hambrientos del río Spre, lo cagaran los camaleones del jardín, lo desguazaran los cocodrilos de la ciénaga o lo deshilacharan los perros chinos buscadores de basura de Aloyo Nalanjo.