domingo, 25 de noviembre de 2007

Esos siete pecados... El orgullo

(Crónica del 13 de noviembre del 2006)

Siempre los he tenido en la mira para analizarlos a ver qué tienen dentro, pero a veces por falta de tiempo, los he dejado a un lado, sin tratamiento, olvidados como magia, tranquilitos para que nadie los vea hacer su nido de serruchadores de pisos. Y como los pecados son malsanos, nosotros los pecadores malsanos somos, impuros, injustos, intranquilos, inodoros, incapaces, insolentes, pecaminosos pecosos Pecos Bill. Eso somos, gente imperfecta que aspira a no serlo más a partir de ahora mismo, gente común y corriente comedora de pizzas de a seis pesos que no tiene otro objetivo en una tarde de hambre que ir a carenar al pizzero que adereza su producto con un simple refresco de tamarindo dulce y nos envuelve el manjar en papelito que tú conoces...

El orgullo, la avaricia, la lujuria, la envidia, la gula, la cólera y la pereza... son los siete pecados capitales uno para cada día de la semana y todos el mismo día, porque no hay combinación que se pueda hacer con el número que no sea aquella que dicen hizo El Creador cuando ese último día de la semana cansado de hacer cosas lo destinó al descanso que no es otra cosa que el ocio más productivo del mundo...

Si vosotros me lo permitís voy a contaros cómo veo estos pecados, uno por uno, como bocinazos de bicicletas antiguas, como gotas de agua, número de charada que para tal es peculiar porque dicen que el siete es caca y los anteriores: caballo el uno, mariposa el dos, el tres marinero, el cuatro gato, el cinco monja, el seis jicotea y ya. O cuando jugábamos a la viola: a la una mi mula, a las dos mi reloj, a las tres mi café, a las cuatro mi gato, a las cinco te brinco, a las seis pan de rey y a las siete carapuchete... Por lo que podemos hacer el puzzle que nos dé nuestra irrevereconsultívera gana: Montado en un caballo, cacé una mariposa, me hice marinero y salí con mi gato, le escribí a aquella monja, la de la jicotea y todo se hizo caca. Traiga mi mula mi reloj para tomar café con mi gato que brinco en el pan de rey de carapuchete. Nadie sabe qué traen los pecados... Ahí vamos...

Comenzamos por supuesto con el orgullo, ese pecado imperdonable, áspero y níspero, diáspora y metáfora, esa "opinión demasiado buena que tiene uno de sí mismo" y también "altivez, arrogancia, fatuidad, ostentación, presunción, soberbia, suficiencia, ufanía, vanidad", pero también "sentimiento elevado de la dignidad personal: sano orgullo". En fin, un pecado capital ("Canal Habana: desde la Capital de todos los cubanos") que nos aplasta el alma, que nos entra por el mismísimo encéfalo o mejor decir por la hipófisis y nos sale como flores por la punta de los dedos gordos de los pies, como creían los indúes. En las religiones orientales el alma sale siempre del cuerpo por las piernas... Qué cosa!.

La opinión (el pecado) demasiado buena se la hace uno mismo, esa altivez de que se habla no nace con el individuo porque al nacer ("El derecho de nacer") si hacemos un análisis de sangre nadie tiene una gotica de orgullo, el virus de la arrogancia. Miren por ahí a ver si hay algún mocoso nacido (y los que están por nacer) que tenga en sangre un pelito de fatuidad, que llore o haga pis ostentando frente a los que lo miran: "Mira como hago pis... yo el único". Si de soberbia se trata al nacer un nené soberbio daría patadas en el suelo y advertiría: "No me voy a meter esa teta en la boca porque no, no y no, yo el soberbio". Le darían pues una soberbia nalgada de cariño y le pondrían la teta en la boca de nuevo diciéndole bajito en una de las puertas de las dos orejas: "Oye, vanidoso de mierda, tú no tienes otra opción que mamar".

Los suficientes, autosuficientes, guaguasuficientes, suficientosos, camellosuficientes, los ufanos, vanidosos, presuntuosos, fatuos y sosos son pecadores, "pescan" en río revuelto ("A río revuelto ganancia de pescadores") o salen ostentando y cantando aquello que todo el mundo sabe: "Si me piden el pescado te lo doy". El castigo para esos pecadores es recordarle a cada rato cuando nos traten de restregar su superioridad: "Oye comemierdoso, no te olvides que tú también eras un muerto de hambre igual que nosotros".

El insano orgullo no dura mucho, el pecado se pierde, la peste se va, mientras el orgullo sincero, el sano orgullo queda, persiste, se da un abrazo con el cariño y nos hace orondos, satisfechos, familiarmente modestos, queridamente tibios, cálidos, amorosos, digamos que vamos con la nieta de la mano en una procesión de linternas de papel alumbradas, con la grey infantil y nos dicen: "Tiene su misma cara...". Sentimos el escozor en el rostro, titubeamos, nos ponemos rosados, se nos hincha el pecho y le apretamos los deditos diciendo al piropo: "Eso dicen en casa...". Y nos reímos como lo puede hacer cualquier abuelo iraquí, turco, angolano, vietnamita, norteamericano, boliviano, francés, chino, belga, mongolés...o de cualquier otro país, que son los mismos abuelos de sus nietos y sentimos orgullo, paseamos orgullosos, nos pavoneamos de felicidad y no dudamos que nuestros nietos son tan iguales a todos los demás que cualquier día salimos con uno de ellos, digamos un negrito retinto congolés y nos dicen lo mismo y respondemos igual: "Eso dicen..." ya que el color no importa, sino los ojos, esos que bailan dentro de las cuencas de los párpados, los que tienen la gracia de convertir las imágenes invertidas en fotos de verdad.

Los pecadores del sano orgullo aquí estamos, esperando que pase la señora con su sombrero un día de paseo rompiendo farolas, pidiendo los perdones a los caballeros, buenos días madame, la invito a pecar el sanito orgullito, un diminuto orgullo que hace falta, para seguir desayunando orgullo por las mañanas (pan con orgullo), la merienda de las 4 de la tarde (té con orgullo y galleticas de crema), la comida nocturna (arroz blanco orgulloso, con pollo en salsa de orgullo y ensalada mixta vanidosa con plátanos maduros fritos en aceite de orgullo) y al final de la noche bebernos un "cachito" de limón sanamente ostentoso, cosa que nos vayamos a la cama soñando con la parte sana del orgullo, la sanidad orgullosocia, sin pesadillas, sin ronquidos insanos orgullosos y despertemos con la sonrisa de los locutores de tv que nos dictan las primeras noticias: "Con sano orgullo les decimos que hoy cumplimos 50 años de estar en el aire... taotaotao".

Las personas necesitan pecar de esa manera, nadar en esa piscina abierta donde se bañan los pecados y cazar mariposas pecadoras, regalar esas flores y ostentar delante de todos que nosotros queremos de verdad que no molesten a las palomas, que siempre será mejor dar de comer a los hambrientos, amar y ser amados, escuchar y ser escuchados, sentirnos orgullosos de tener amigos de verdad, aquellos que no nos piden nada a cambio de lo que dan. Porque de la mano del orgullo malo que llevamos dentro está el bueno que nos han enseñado a cultivar, ese que nos sirve para responder: "Esas rosas señora las hemos plantado en honor a Usted..." y nos crecemos por dentro, nos sentimos como los peces de colores en el estanque del jardín botánico: satisfechos de seguir nadando cuando sabemos que nadie nos va a pescar.

Así con esa estocada queda al campo el único pecado masculino, un pecado de lo más cómico porque de cierta manera me parece hasta ahora que es el que tiene un amortiguador delantero: el sano orgullo. Si descubro el contrario de los demás (puras damas femeninas) se los digo. Con la advertencia de que la penitencia es como la actual vacuna contra la gripe: detiene el gran catarro pero hace caer los pelos de las piernas. Cuando pecamos mucho nos quitamos de encima el lodo rezando y rezando, pero me gusta hacerlo pecando o no, que es más útil. Así que sin pecar de orgulloso o pecando pecaminosamente recemos aquello que dice así: "Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".