domingo, 25 de noviembre de 2007

Quereres

(Esto lo escribió mi papá el 11 de octubre del 2006)

Quisiera tener un caballito pony debajo de los plátanos del fondo que me estuviera esperando para pasear contigo. Un pony carmelita y blanco, como todos los ponys, con los ojos azules y los cascos sin herraduras que me pidiera pastar en el jardín, salir a media mañana y trotar sin poner las patas sobre la tierra haciendo zummmm con la cola y que al final solo quisiera otro poco de avena, un cepillado y un hasta luego te veo pronto para seguir conversando al otro día.

Quisiera contar con un turrón de alicante hecho polvo para ponerlo en la leche del desayuno que te tomas y pensar que te estás comiendo una melcocha sin hacer, un cereal genuino y un alimento singular que te ragalará el ahorro de tener que beberte las pastillas de vitaminas con agua cada día. Tomar vitaminas en pastillas es lo más doloroso del mundo según se dice por ahí.

Quisiera ver crecer un árbol de naranja dulce y limón partido para pedirte que me dieras un abrazo bien grande y me dejaras hacer limonada sin azúcar bien dulce con el dulzor de ella misma, con espuma de mar y olor a frambuesa y poder entonces merendar leche condensada con hielito frapé para las tardes calurosas del verano mientras cantamos tralalá que rico está, unos hielitos LG que no se derritan en tus manos nunca.

Quisiera flotar en un tren sin el último carro, flotar así nada más, un tren de vapor sin maquinista y mirar desde la ventanilla como pasan veloces los árboles, las cercas, las palmas, las nubes y ver tus manos saludando el paso del tren flotador que no hace ruído porque no tiene ruedas, no hace trantrán porque flota y se pierde en el inmenso azul de las montañas para volver como cometa cada cien años exactos y cuando pise el andén de llegada montarte conmigo y hacer un viaje juntos.

Quisiera ver tu risa de cristal detrás de la ventana y tus dedos limpiando las gotas que se acumulan fuera por la lluvia que me piden te traiga un pájaro sin jaula, una flor en semilla, una pizca de sal, un puñado de miel, una oveja sin lobo, un cangrejo de hielo, un verso sin autor, un perro sin olfato, una calle sin casas, un arcoiris redondo para guardar tu jejejé y sacarlo a superficie cuando cese la lluvia.

Quisiera caminar dentro de un cuadro de pintor, hablar contigo en él y con el autor, estar allí nadando en aquella piscina de colores, embadurnado como gota sobre gota en la paleta, en el pincel y luego en cada trazo pero no de naturaleza muerta sino viva, como corcel, acompañando señoritas en el campo, jugando al general entorchado, a ser batuta de orquesta, un girasol rojo, mi flamboyán enano, bucear en la pintura azul, rosada y encontrar un tesoro escondido para ponerlo debajo de tu cama. Y luego salir corriendo a ver quién lo dejó ahí mientras jugamos al tesoro escondido con la música de caliente caliente, frío frío, dónde esta escondío...

Quisiera ir a la guera con Mambrú para cuidar heridos, envainar espadas y prohibir duelos, cabalgar con los enemigos haciendo amigos, con los amigos diciendo que me cuiden a Mambrú sin dolores ni penas, marchar con una toga y un birrete blanco, una peluca de agua, un perfume de mujer, una corneta reluciente en una mano, una múcura llena de vino, una máscara de teatro, una enorme calabaza en la otra para que en los días finales del año se haga un dulce para espantar a los vampiros y delante de la tropa de soldaditos echar al aire un discurso por Mambrú y que me preguntes por qué Mambrú se fue a la guerra.

Quisiera poder aprisionar el aire en el puño, oir el pensamiento, ver en la nuca mi lunar oculto, atrapar en el aire el cabello de un ángel, pastar sin montura, esconderme en la cueva de una lechuza, en la arena del desierto, en la espina de un pez, en la boca de un lobo, en el estómago de una ballena, hacer cabriolas en la espuma del mar, equilibrios en los equinoccios del año, ensartar la aguja en un pajar, hablar a gestos, escribir sin palabras, parir una nieta, dar de comer a un venado en la mano, hacer el nido de una golondrina para que veas lo que se puede y no se puede hacer y me preguntes cómo lo hago y lo hagas tú que debe ser lo mejor del mundo...

Quisiera amar en el filo de una navaja, en la cúspide de un volcán, en la inmensidad de lo profundo, en la metagalaxia, en ningún lugar y en todos, sin música en los ojos, sin trinos de sinsonte, sin arrullos de palmas, sin olas, sin límites de tiempo, sin el silencio de la madrugada, sin glorias, sin espejos, sin diamantes, sin dimensiones, sin pasiones, sin rencores, amar dejando atrás un reguero de pólvora de azúcar, una estela de helados de chocolate, una trenza enredada de notas musicales para que veas lo difícil que es lo imposible y lo quieras hacer, así uno se crece sin tomar ojuelas de maíz con leche...

Quisiera ser el sol y darte luz sin lava, solo brillar para alumbrarte los caminos, para indicarte dónde crecen los hongos, donde están las luciérnagas, donde cantan los grillos, donde viven las musas, donde anidan las grullas, donde danzan las flores, un sol eterno que no se vaya a derretir cuando más contentos estemos, un sol con sonrisa, con aquel par de ojos como el que estaba siempre detrás de las casitas de tus pinturas de escuela entre el lomerío, alumbrando el vuelo de los pájaros del monte, del camino que daba a la casita de tus sueños, entre nubes, un sol de Haller que es el cuentista alemán que más leemos mientras esperamos el turno en la panadería...

Quisiera ser una melodía en la que se pudiera descansar, comer y nadar. Una melodía familiar al oído que cuando más enfadado estemos oigamos para repetir y enseñar a otros y para convencernos de que podemos reír. Una canción que cuando oigamos sepamos y nos acordemos que estaba hecha para nosotros. Que siempre que salgamos nos acompañe, que nos dé la sorpresa de saberla cuando menos lo pensemos. Una melodía sorpresa, en su estuche anudado, que cuando abramos salgan las notas volando con tal energía que vuelvan a esconderse para volverse a escapar, una melodía que nos invite a escuchar más que a hablar, después de una homilía protestante, cantada por un coro original con un órgano inmenso y que no se oiga el ronquido de los que roncan ni las protestas de las viejas llamando a silencio porque alguien como nosotros interrumpa la misa.

Quisiera volver a nacer convertido en una torcaza, en un murciélago blanco, en un cernícalo verde, en una víbora bondadosa, en una mariposa de merengue, en un coral terrestre, en una alfombra volante, en una carta, en un grito, en una danza, en una iglesia, en un anillo, en una cascada, en una piedra china, en una barcaza, en un tonel, en un lemur y responder a todo con la misma frase: "Roma ciudad abierta". No sé, es mi deseo...que te encuentres bien al recibo de esta, nosotros por aquí bien, gracias a Dios, a Mahoma, a Buda, a Shinto, a Lutero, a tí.

Quisiera ser la anticárcel, el antipecado, el antidiluvio, la antinada, el antílope, el antibaquio, la anticipación, el anticuario, el anticucho, el antídoto, el antifaz, el antifonero, la antigüedad, el antimonio, la antípoda, el antiodio, la antisepsia, la antítesis... Quisiera tantas cosas... pero no puedo como canta Maná.

Uno se tiene que convencer de que al menos vive, que está despierto. El orgullo mayor es convertirse no en otra cosa que en uno mismo mejor que ayer, más joven que mañana, sin la envidia de ser otro, sin el arrepentimiento de ser el que es, flaco, viejo y feo, pequeño o narizón, este simpático hipoacústico querido, al menos con un alma dentro, que nos hace casi iguales al oso panadero del zoológico en una sola cosa: atrapamos en el aire el alimento que nos dan. Que no me digan que los quereres debemos dejarlos a un lado... Son esos mismos deseos a veces imposibles que nunca decimos en alta voz cuando vemos que va a caer una estrella en una noche oscura, que nos guardamos en silencio para que se nos hagan realidad.

Los quereres son cantares de hadas, absurdos aparentes que ocultan verdades reales. Son ejercicios de suspiros, anhelos de duendes, bailes de malabaristas, peces de colores, pirámides inconclusas, odas de campeadores, garabatos de genios, pinceladas de aprendices. Son sencillamente imprescindibles y por eso mismo no los debemos molestar sino al contrario, dejarlos que vuelen ellos mismos como música de arpas, frijoles gigantes y huevos de oro de gallinas mágicos.