domingo, 25 de noviembre de 2007

La lujuria

(Esta me la envió el 16 de noviembre del 2006)

Este es uno de los pecados capitales más envueltos en el tabú, menos público y notorio. Es un pecado (La esquina del pecado: Neptuno y Prado) verdaderamente pecaminoso pecable y pecoso. Esa afición a los placeres de la carne (de cerdo no, ni de vacuno, ni de pollo, ni de ovejo, ni de pescado...) humana y no de toda, sino de cierta parte (estamos hablando de un cierto canibalismo sexual) modestamente oculta... nos deja ahítos, nos repugna.

Ese exceso de cualquier cosa, esa nocturnidad y alevosía, esa lozanía y frondosidad, nos hace ser lujuriosos, nos identifica como lujuriantes y nos pone en el entredicho: es la sensualidad una lujuria? o mejor dicho: lo lúbrico es lo sádico? Aún mejor: Es igual lo lascivo a lo lujurioso? Existe un solaz esparcimiento? Es lo mismo la lujuria que el vicio? Lo obsceno y la obscenidad tiene algo que ver con el pecar, lo pecaminoso, el pecado? Quién ha tirado la primera piedra?

Por otra parte: son los hombres viriles, masculinos los verdaderamente lujuriosos o las féminas, femeninas, hembras, damas, señoritas y señoras, damiselas encantadoras son las que llevan la culpa? De quién es la primera culpa, culposa, pecadora, lujuriosamente lujuriosa? Os digo mis amigos: leed al Decamerón. Os puede aclararles algo...

Si de análisis se trata, hay quienes se hacen preguntas colaterales como estas por ejemplo: el erotismo es un pecado? Qué decir de las películas del sábado: lenguaje de adultos, (existe un lenguaje que no sea de adultos?), violencia y sexo (habrá alguna película que trate de algo que no tenga sexo, digamos un filme asexual, quién la hizo?, quién la dirigió?, quién la filmó?)... Es un letrero inútil. Amor sin erotismo es lo mismo que mermelada sin azúcar, limonada sin limón, huevo sin clara. Hay muchas dudas en relación con la frontera del amor con el pecado, del hilo invisible de la lujuria con el deseo, del estambre que divide la aberración y el sadismo de la caricia y el pellizco. Es un pecado pellizcar?... Y una nalgada es sádica?... Sade, el marqués, aquel lascivo, tembloroso, libidinoso, pecaminoso, oso voluminoso... Alguien sabe quién fue Sade?

Adan y Eva en el paraíso, en el Edén, desnuditos en pelota, bajo el árbol de la verdad y de la ciencia, comiendo manzanas (manzanitas verdes y maduras) acechados por la serpiente, aquella manzana de la discordia, tapados con la hoja de parra, sin uvas y se apareció el pecado, satánico, mefistofélico, turbulento, violento, energúmeno, hipocondríaco, un pecado pellejudo pornográfico sádico macumbélico hipodérmico masturbadórico, cagalitrócico haciendo trizas el amor, púsole encima una túnica hiperbárica a Eva, un pantalónico cómico a Adán y lo que era normal, común y corriente se convirtió en tabú, ella cruzó las piernas en el asiento lateral del camello, púsose cadavérica, pudorosa, taburética y tapose las dos rodillas con los diez dedos esporádicos de sus manos y despertó el interés y la atención de los que la miraban impúdicamente, cínica y satánicamente desatando la baba de la carne, la aberración lujuriosa del pecado surribárrico, pírrico, ácido, sistólico-diastólico, epopéyico, catastrófico y ecuménico.

Parece que el pecado de la lujuria es tan viejo como el Edén, que vino al mundo envuelto en un papel celofán condónico frágil, hablando sinceramente no hacía falta. Se podía haber hecho el amor con las habilidades de los dedos de la mano (un amor digital), con las voluptuosidades de los dedos de los pies (un amor pedestal), con los codos (codificado), con la punta de las orejas (auditivo), de la lengua (chismoso), de los párpados (nervioso), de las uñas (hiperestésico y cutáneo), de la columna vertebral (un amor cervical), del pensamiento (un amor ideal), de los siete chakras brahamánicos (un amor celestial), primaveral, cañaveral, lateral, carnaval, ojal, al amar, pero no hacía falta la lujuria para decir "te quiero", "mira yo podré ser cualquier cosa pero te quiero", tratar de hipnotizar, de escribir algo que valga la pena, de invitarte a comer butifarras en San Nicolás de Bari, de respirar un aire de abanico perfumado, de seguir el sentido y el trayecto de tu mirada, de imaginarme cosas atractivas de tí, de pensarte desnuda, enervada, valiente y que me digas "amor yo sí te quiero, yo soy capaz de escribirte un poema al mismo tiempo que ensartar una aguja, de cocinarte una torreja de maní"... que me enamores me piropees yo este viejito desdentado que te ama tanto como tú a mí.

No hace falta sinceramente despotricar el universo, usar el látigo, la mordida... para amar. Parece que llegado a un punto, se desvió el camino y aparecieron las cortesanas, que estudiaban más que sacerdotes el alma del cliente. Ellas sabían que el oficio más viejo del mundo era lucrativo y explotaron el pecado hasta hacerlo común y cotidiano. En el fondo (Einstein decía que no había tal...) estas antiguas geishas tenían razón: cuando se ha perdido el amor lo mejor es aparentar que lo encontramos. El pecado es coyuntural y sirve para engañarnos. La apariencia -decían los filósofos- es engañosa. El pecado utiliza palabras y frases que ocultan el verdadero sentido de la vida. Alteran la epidermis, lubrican artificialmente. Eros (no Ramazzotti...) se aparece vestido de gato ("Un gato sobre el tejado de zinc caliente"), muerde la carnada el ingenuo mortal y cae en las redes inciertas del más incierto de los caminos: el del vicio.

Pero lo mejor contra este exorcismo maquiavélico es no temer demasiado. Dejarlo quieto en su guarida de sexo anal, de sexo oral, de sexosón, bailando así su reguetón, que no despierte, dejarlo inerte, sin mucha suerte, con su muerte, pestilente, descendente pornográficamente decadente. Pecado sin aché, que sirve para ocultar el amor, limpio, "fiel, sin manchas", no te poseo sino te amo, nada de vampiros por las calles y "la flor ingenua de la jinetera en la misma acera", amor sin pago, si hay dinero a cambio no hay amor sino negocio. Cazar ese pecado y llevarlo al banquete de la casa para decirle: nos hemos convertido en vegetarianos del cuerpo y no comemos carne.

Somos ascetas de la avaricia sexual, no acumulamos placeres sino amores y con ellos estamos haciendo una pirámide honorífica a la pareja, esa que ya se encontró y no envidia a otra. La que se ha conformado con su puesto en el trabajo, su cercanía a la casa, su trillo de ir y venir, sus miradas, sus angustias, su delirio, sus canciones... Y mientras tanto coleccionamos estampillas, hacemos fila cuando alguien reparte cariño, escribimos contra el odio, tendemos la ropa en la entrada de la casa, invitamos a la confesión de siempre: no somos puros (habanos) sino que caminamos por el eterno camino de acumular lo mejor de la vida. La sabia diaria de poder seleccionar lo que mejor nos conviene y como todo mortal también nos equivocamos.