domingo, 25 de noviembre de 2007

Esas supersticiones!

(Enviado el 22 de febrero del 2007)

Hay muchas... aprendidas desde muchachos con el olor a costumbres de baúl escondido, de temores y tabúes, atrapadas en la memoria genética de la familia como un sexto sentido para protegernos de la adversidad y del peligro. Como aquella de no pasar por debajo de la escalera, un endemoniado instrumento de labor que se abría de par en par para posibilitar que el pintor llegara a una cumbre con su brocha en la mano y su galón de pintura tambaleante a dibujar la cenefa alta, el borde del tejado, el alero inalcanzable… No se podía pasar entre la escalera y la pared por el maleficio, la mala racha, el accidente...

El gato negro que nos pasaba por delante como síntoma de la advertencia… un gato poderoso, musculoso y sabio que mostraba su mirada inquisidora, chispeante, colmilluda, felina, diablesca, inteligentemente gatuna para advertirnos que el lugar por donde pasaba el gato era su dominio total, su coto de caza, su territorio intocable...! Cuidado: que ahí viene el gato negro!

Rociar el ron en el suelo para los santos (unos fantasmas alcohólicos o sencillamente proclives al brindis) que nos esperaban en el otro mundo observando si éramos lo suficientemente honestos para no beber sin ellos o si nuestras costumbres egoístas se iban enterrando con cada botella vacía. Si los santos no huelen el alcohol en el suelo, salido del propio recipiente y empujado con delicadeza por un pulso hermético y diestro no había trago favorable... todo pudiera salirnos mal ese día y los demás también.

El cordelito hecho tirabuzón en la frente del muchacho contra el hipo… el azabache contra el mal de ojo... decir ¡Jesús! después del estornudo… santiguarse cuando pasaba el entierro, buscar hojas de laurel para una ofrenda, dos besos en los cachetes para la buena suerte, chocar el índice con los dedos para espantar los malos espíritus, prender velas, no botar sal al piso, untar miel en la sien para la fiebre, nunca tocar el séptimo “chakra” encima de la cabeza, salir con el pie derecho al caminar, decir ¡Santa Bárbara! cuando truene o relampaguee, poner aquel trapito rojo colgando en la defensa del carro, espantar lo malo con el humo o un rocío de ron, tabacos en el cenicero sin prender, ajos contra los vampiros, aros para cazar sueños, tocar madera, no apuntar con el dedo a la caída de una estrella… y tantas otras.

Pero la que me gusta más es la de los dedos cruzados... para la buena suerte. Es un ejercicio sencillo que nadie sabe de dónde salió... Uno toma aire (un sorbo sencillo y limpio tragado discretamente) pensando en el deseo de que se trate (un deseo es un objetivo pensado que aparece ante todo como urgencia o carencia de algo... digamos que nos salga bien una gestión cualquiera importante, vital, difícil, un trámite migratorio por ejemplo que se presenta como un estado deseado a conseguir) y cuando tiene clara la idea de lo que quiere, cruza Ud. los dedos con una fuerza y un tesón propias de aquella firmeza en hacer cosas diferentes y alcanzar lo imposible cargado a la vez con un gramo de poder mágico, poderoso, capaz de transformar las cosas y con ello a uno mismo, con ansias de vencer dificultades, borrar brechas, saltar obstáculos, conseguir el propósito, la meta, la victoria, puja un poco poniendo énfasis en que algo se puede lograr y el resultado se consigue: como por arte de magia se obtiene el deseo pensado y Ud. se pone a repetir en alta voz aquello que dice: “Lo que es, es lo que nunca fue o lo que siempre hubiese fuese sido o sería si no hubiese fenecido y sido con Sigfrido en el cine Lido, que lo dejó compungido, divertido y nunca jamás arrepentido”... Un malabarismo de palabras que le sale por la boca sin Ud. proponérselo cuando se cruzan las coyunturas de esos dedos y se completa la satisfacción del deseo...

Cruzar los dedos es un ejercicio digital, pensado, que pone en acción las manos, el cerebro, todos los nervios de la cara, los ojos, la boca, las orejas, la cervical, las rodillas, las costillas, el corazón, las piernas, las uñas, las pantorrillas, el peroné, los codos, la piel del cuerpo, las alas del alma, la planta de los pies, todos los órganos y vísceras, los pelos de la cabeza, las vértebras de la columna vertebral, los lunares, las huellas dactilares (los dedos de los pies tienen huellas dactilares también, lo que sucede es que son tan chiquitas que no se pueden ver a simple vista, son huellas plantares como ciertas verrugas), las pestañas, las células de los huesos, los párpados, las cejas, el ombligo y hasta el aro reluciente que nos acompaña encima de la cabeza y que nos persigue por las noches cuando nos ponemos a soñar y sirve para espantar las pesadillas y en fin, conclusión de conclusiones, todo lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos: una combinación supersticiosa de materia y conciencia al mismo tiempo con un ingrediente de capricho, malas pulgas ocasionales y deseos de divertirnos, reír frente a un espejo o freír plátanos maduros para acompañar un congrí con carne-carne de verdad y nada de soya de la venduta de la esquina.

Cruzar los dedos es también por otra parte, el soporte de la esperanza en algo, la lucha por llegar y mantenerse, sin destacarse mucho, la ventura de marchar siempre aplaudiendo, entrar y salir, comer y dormir, soñar y cantar, fumigar sin ser fumigado, botar y votar, volar y correr, nadar y trepar, rascar y ser rascado, comulgar y pecar, rezar y no rezar, ser o no ser, ir y venir, es también un terraplén y un edén, un acordeón y un bandoneón, un fogón y un espolón, un ciclón y un soplón, es una angustia por llegar, un jadeo por descansar, una meta como punto de partida, es una ampolla digital, una hiperestesia cutánea, una ícterohemoglobinuriavacilar, una declividad, un escarpidor, una gambeta, una holoturia, un maguntino insospechable, meneses, paramiento, stuka, vendeja, ad multos annos, el todo y la nada, un ánfora, un vítor, un átomo de felicidad, una pulgada de conocimiento en un océano de ignorancia, un triunfo de Industriales sobre Santiago de Cuba, un majá, un güije, un zorzal gato, un laúd, un alud, un talud, un solidiscupio, un heterodino, un uno, un hit, un vals, Unamuno, unicornio, ungüento, un mojón de esquina, Unecamoto y un millón de cosas más. Y por sobre todas las cosas, funciona… sí, el cruzamiento y aparamiento de los dedos funciona…

Uno aprieta los dedos, pone su fuerza mental en el intento, cierra un poquito los ojos sin abrir mucho las manos, se conforma con que no le den el saludo manual en plena palma de la diestra, que se haga fuerza tal que permita despegar luego el dedo del medio del índice y viceversa, aprieta los maxilares, trata de parar la punta de las orejas, busca que no se produzcan interrupciones ni del flujo sanguíneo ni de las órbitas oculares, se prepara para ser lanzado en paracaídas desde una altura más bien aceptable, rellena de pureza los pulmones, abre las adenoides, carga las hormonas y cuando menos la dificultad lo espere, la tomamos por asalto, hacemos un movimiento rápido y violento de kárate con ella y en pocos minutos, en medio de un relámpago del flash de alguna cámara digital moderna tenemos desecha como montaña de ladrillos rotos, la tal inconveniencia, aparece la suerte, se diluye la melaza, desaparecen las púas en el alambre y el rictus facial, el fruncido del seño, el estrés negativo, la subida de colesterol, el dolor de bursitis y caemos rendidos encima de una burbuja de agua jabonosa, comiendo cake de capuchinos con helados yagrumosos o de la Word que es lo mismo y nos sentimos como el ostión en concha: dueños del universo uno y diverso, infinito, hercúleo, epicúreo, circunspecto, energúmeno, diplomático, ácido, prúsico y ético y sabemos al fin que hemos triunfado por un solo segundo sobre todo el andamiaje mefistofélico y flácido de las múcuras de la derrota…

No les digo que al pie de la letra me crean todo el efecto positivo de un cruzar de dedos luchando contra la unión sorbética ni los helados unidos, ni con mucho aspiro a que sigan mis recomendaciones psiquiátricas, hospitalarias, propias de dreams catchers de Montana o Quito, ni mucho menos, pero si algún día tienen que verse en la disyuntiva burocrática de un tropiezo o la toma de una decisión decisiva e importante y eventualmente difícil, si están algún día en proceso de enfrentamiento con la propia inercia dentro de alguna oficina, frente a una embajada o en subida o su vida o nuestra vida o la vida de otros, alemanes, musulmanes, edecanes, supermanes, respiren profundo, ni cuenten hasta diez ni nada por el estilo, sino crucen los dedos, aprieten el aire que le queda entre los parietales y la tráquea y ya verán lo que sucede: un formidable corrientazo tipo 220 que los va a catapultear fuera de sí, con ganas de comerse una buena ensalada de aguacates en estación, con sal y aceite por encima, subirse bien arriba debajo de los laureles y como si les hubiera picado un alacrán beneficioso correr a más no poder y zambullirse en la orilla de una playa hermosa, pensando en comer camarones con mayonesa y beber agua pura de Ciego Montero gratis y a cuncún…

Y sentirán una placidez en la barriga, un hilo dental en la nuca de las verdades, un erizamiento propio de puerco espín, de ganado mayor sacrificado, de preservativos a color, de prótesis instalada, un tikitiki sin mortificación que les va a producir un relajamiento de la hipófisis (aquel lugar por donde entra el alma al cuerpo según los franceses del siglo XIX) bueno para irse de rumba a La Macumba, un lugar inhóspito donde acude mucha gente, hace fuerza el más cobarde y se arruina el más valiente... Se los digo por experiencia…! Ya verán!